domingo, 13 de diciembre de 2015

La ley de la calle, de Susan E.Hinton. O cuando no puedes guiar a nadie sin antes saber a dónde ir




Ficha
Título: La ley de la calle
Autor: Susan E.Hinton
Nº de páginas: 128
Editorial: Alfagura
Lengua: Castellana
Traducción: Javier Lacruz

Sinopsis (copiada de la contraportada)
A Rusty James le hubiera alegrado cantidad ver a su viejo amigo Steve aquel día en la playa, si no le hubiera traído a la memoria duros recuerdos del pasado: las pequeñas escaramuzas que pronto se convirtieron en asuntos de gravedad, las chicas, las amenazas a la vuelta de la esquina, las peleas en las que tantas veces brillaba el acero, los malos ratos pasados en el reformatorio, las fiestas en las que las anfetas y el alcohol cargaban el ambiente…y sobre todo el profundo recuerdo del Chico de la  Moto, el personaje inolvidable al que siempre quiso parecerse.

Comentario personal
Le dedicaba la anterior entrada a un clásico de la literatura juvenil realista: Rebeldes, de Susan E.Hinton. Y destaqué que era una novela que solía gustar mucho, y a la prueba de las constantes reediciones me remitía, porque Rebeldes se alza más allá del lector-tipo al que iba dirigido —lector adolescente—. Pero no es Rebeldes la única novela de Susan E.Hinton. Tiene en su haber otros títulos como Tex, Domando al campeón, Esto es otra historia o La ley de la calle. Todos los citados de temática adolescente. El caso es que terminé la reseña anterior y seguí dándole vueltas al asunto. Caí en la cuenta de que mi libro favorito de Hinton no era Rebeldes, sino La ley de la calle. Y aunque en general no percibo que sea una novela que reciba malas críticas, ni mucho menos, sí he leído/escuchado comentarios de gente que se entusiasmó con Rebeldes y que, sin embargo, con La ley de la calle se llevó un chasco. O en todo caso te dicen que La ley de la calle está bien pero muy lejos del nivel de la ópera prima de Hinton. Normal. Pongo la mano en el fuego de que lo que produce tal decepción en algunos lectores es esperar otra novela como Rebeldes. Pero se encuentran con algo distinto. Me atrevo a decir que La ley de la calle es, en cierto modo, una réplica al optimismo final de Rebeldes. Y, ya que les hablé de Rebeldes en mi anterior entrada, qué mejor que aprovechar la inercia para volver a abrir La posada del lector y hablarles de mi novela favorita de Susan E.Hinton.

El protagonista de La ley de la calle es Rusty James. Al empezar esta breve novela —la más breve que he leído de Hinton—, nos lo encontramos a sentado frente al mar, apático, sin nada que hacer, como ausente de todo. Hasta que despierta de su letargo porque aparece Steve Hays, su viejo mejor amigo, con el que formaba una extraña pareja, no se podía decir que tuvieran mucho en común (1). Llevaban años sin verse. Steve se alegra del encuentro con su viejo amigo, parece que a Steve las cosas le han ido bien. Pero Rusty preferiría que su amigo no lo hubiera encontrado frente al mar, más que nada porque le trae a la memoria recuerdos que preferiría olvidar. Tanto el capítulo primero como el último —el duodécimo— suceden en el presente, en esa playa en la que Rusty James deja que pase el tiempo. Los otros diez capítulos de la novela que quedan en medio contienen el meollo central, y son un flashback en el que el protagonista nos narrará lo que sucedió en el pasado…

Rusty es un adolescente de 14 años de clase media-baja y vive en un ambiente marginal. Condición que comparte totalmente con Ponyboy Curtis, el protagonista de Rebeldes. Pero si Poniboy nos resultaba un personaje tierno y sensible, no es así con Rusty: un personaje grosero, endurecido y más falto de empatía (2). Rusty va al instituto, tiene una novia y es líder de una pandilla. Vive en un eterno y crudo presente, sin más perspectiva que vivir en el ahora. “No me parece que sirva para nada pensar en el futuro”, dirá. Pero en cierto modo, sí tiene una meta. Y es que Rusty mitifica las bandas que veía años atrás, y que ahora son inexistentes. Porque las pandillas de su época ya son otra cosa, y anhela el regreso de una épica pandillera que él idealiza. Pero sobre todo, su ideal es parecerse a su hermano, el personaje principal de la novela: el Chico de la Moto. Y digo personaje principal porque una cosa es ser el protagonista —Rusty James—, y otra el personaje principal. Todo gira en torno al Chico de la Moto.
En primer plano, Rusty James, representado por Matt Dillon, con sus acólitos pandilleros detrás. El de gafas es Steve, desentonando.

No sé si Susan E.Hinton lo planteó a propósito o le salió por casualidad, pero La ley de la calle tiene un aire de literatura romántica decimonónica. Y en gran medida lo tiene por este personaje principal grandilocuente, excepcional y ajeno a las normas del mundo. Al inicio de la historia que Rusty James nos relata, el Chico de la Moto no está en la ciudad, se marchó —hacia destino desconocido— y no se sabe si volverá. Sólo sabemos de él por lo que hablan el resto de personajes, retrasando así Hinton la aparición para crear expectación. Un recurso efectista muy del gusto de los románticos para presentar a sus héroes —en Cyrano, por ejemplo, también se creaba expectación  antes de que el espadachín apareciera—. Casi se podría decir que el Chico de la Moto es un como un caballero medieval idealizado en época contemporánea. Salvo que en vez de ir a caballo se desplaza en motocicleta. “Es la única persona que he conocido en mi vida que parece sacada de un libro”, dirá Steve acerca de él. Y es que el Chico de la Moto, a ojos de los demás, es un chico extraño. Un personaje introvertido y culto con un asombroso mundo interior y que resulta inaccesible para los demás. Pero que, lejos de ser un bicho raro al que rechazar, infunde respeto y temor —por algo fue el gran líder de una pandilla—. No es un marginado, pese a que estrictamente no se pueda decir que tenga amigos. Tan enigmático resulta que nadie, a excepción de Rusty James y su padre, saben cuál es su verdadero nombre, ni siquiera a los lectores se nos revela. Comprenderán que, ante semejante mito viviente, Rusty James lo tenga difícil para llegar a cumplir el propósito de ser como su hermano.
El mítico Chico de la Moto, protagonizado por Mickey Rourke
Y con ese propósito va transcurriendo la vida de Rusty James, sorteando los días e intentando afianzar la pandilla que lidera. Sin reglas ni más objetivos que los descritos. ¿No le controlan en casa, marcándole algún camino concreto? Su madre decidió largarse y, en cuanto a su padre, Rusty James no tiene ninguna queja de él. No estamos ante un caso de padre maltratador o padre que sienta aversión por su hijo. Pero es un borracho, vive de una pensión, y a veces está días sin aparecer por casa. No ejerce ningún control sobre su hijo, algo que Rusty James valora como algo positivo. Pero evidentemente, ¿es ese el ideal de padre que esperamos? Desde luego que no. No podemos decir que sea un buen padre debido a su omisión. Y sin embargo, cuesta juzgarle mal. Porque no es un mal hombre, sino un personaje perdido en su mundo.

Y es que La ley de la calle va de eso: de personajes perdidos que no tienen respuesta. Va esencialmente de eso más allá de pandillas, marginación y bajos fondos. No creo desvelar nada de la trama si les cuento una conversación mantenida en el último capítulo —los spoilers puros y duros vendrían si les desvelada qué sucede desde el segundo capítulo al undécimo— entre Rusty y Steve:

—Decidí que tenía que largarme de allí, y me largué —siguió diciendo Steve—. Eso fue lo que aprendí: que, si quieres llegar a alguna parte, sólo tienes que decidirlo, y trabajar como una bestia hasta el final. En esta vida, si quieres ir a algún lado, lo único que tienes que hacer es trabajar hasta conseguirlo.
—Claro —le dije—. No estaría mal, si se me ocurriese algún sitio adonde ir.
Si trabajas muy duro podrás salir del agujero, nos viene a decir Steve. Es exactamente el mismo mensaje que se te queda en la mente una vez que cierras la última página de Rebeldes. De hecho, mientras escribo estas líneas, a bote pronto me viene a la memoria una escena de Rebeldes que me parece muy significativa: en la pelea campal, Poniboy mira a su hermano Darry y reflexiona. Poniboy se dice algo así como que Darry no acabará convertido en un maleante porque es una persona responsable que trabaja muy duro. Su hermano Darry saldrá adelante. Rebeldes planteaba una salida a la marginación social. Pero ya ven la respuesta de Rusty a Steve. Por desgracia, parece que no es tan fácil, no es sólo cuestión de esfuerzo esta vida tan confusa. Tampoco la amistad es ya un valor seguro. Si Poniboy estaba rodeado de amigos leales y fieles —hasta al duro y peligroso Dallas Winstons le latía un corazoncito—, si la pandilla era la segunda familia, Rusty James no podrá decir lo mismo en la novela que tratamos. Tendrá que andarse con ojo entre sus propios pandilleros, quizás podrían intentar arrebatarle el liderazgo de la banda. Y este devenir deprimente en el cual Hinton no nos da ninguna salida es la notable diferencia con Rebeldes. Además, en La ley de la calle se agudiza aún más la dureza social: hay cabida para la heroína en sus páginas —la droga fue el motivo principal por el cuál las bandas desaparecieron—, mientras que Rebeldes no se pasaba de tabaco y cerveza. Ya ven que la crudeza es superior en el ambiente de Rusty, y los pilares que sostenían la esperanza en Rebeldes aquí están hecho añicos. Y cuando no hay pilares en los que sostenerse suele suceder que la angustia existencial aparece, y en ella acabará atrapado Rusty James —él que nunca se había preocupado más allá de lo material y tangible (3)—. Hasta el punto de que, muy a su pesar, acabará comprendiendo a su mitificado hermano. Ya saben: cuidado con lo que deseas, que puede cumplirse.

Pero es hora de que entre ya en mi opinión más personal y subjetiva. ¿Por qué mi novela favorita de Hinton es La ley de la calle y no Rebeldes? ¿Porque es más deprimente? Pues no, que una novela sea más deprimente o esperanzadora ni me quita ni me añade. Y tampoco considero que La ley de la calle sea objetivamente mejor que Rebeldes. De hecho, concedo que tal vez Rebeldes sea una novela más redonda, porque en ella no eché en falta más páginas, y con La ley de la calle sí. Quizás podría estar más exprimida y mejor aprovechada (4). Pero La ley de la calle me cautivó porque me pareció una novela profundamente poética. Y no sé si poética es la palabra exacta, pero es la que mejor se me ocurre. Y digo poética no porque presente belleza formal en su narrativa —Hinton no se anda con lirismos, el lenguaje es sencillo y coloquial, con argot juvenil, y sin recrearse en la más mínima floritura—, sino por esa atmósfera que consigue crear. Soy consciente de que ahora voy a sonar a modo de los modernistas finiseculares del siglo XIX —ya saben, que veían la belleza en la decadencia—, pero encuentro encanto en esos callejones en los que se pierde Rusty James y acecha el peligro, en ese sopor existencial, en la figura que todos evocan del Chico de la Moto y en esa épica pandilleril que Rusty quiere resucitar. ¿Era el único que veía todo esto en La ley de la calle? Pues yo pensaba que sí… hasta que vi la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola, protagonizada por Mickey Rourke como el Chico de la Moto y Matt Dillon en el papel de Rusty James. Con Rebeldes considero que Coppola no supo hacerle justicia al libro, pero con la versión de la novela que tratamos lo bordó. Lo mismo que sentía pasando las páginas de la novela lo sentí ante la pantalla, e incluso lo sentí más y mejor, tal vez hasta supere a la novela. Y es que no creo que Coppola decidiera rodar la película en blanco y negro —salvo una notable excepción que no desvelo— gratuitamente. Nunca he hecho un top-ten de mis películas favoritas, pero La ley de la calle de Coppola no puede quedarse fuera.

Ya se pasa de largo esta entrada, y tendría que ir haciendo un pensamiento. Pero no sin antes comentar dos cosas. La primera es que, al igual que pasa con Rebeldes, nos ha llegado una traducción inventada del título original, el cuál es Rumble Fish y se podría traducir como Pez luchador. Si leen la novela, entenderán el sentido del título.
La segunda, y ya finalizo, es una curiosidad. Me encontré en youtube un vídeo con la canción Agotados de esperar el fin, de Ilegales —algún día debo empezar mi proyecto en este blog de hacer entradas sobre grupos musicales—, acompañado de imágenes de la película
AVISO: NO VER EL VÍDEO SIN ANTES HABER LEÍDO O VISTO LA PELÍCULA (SPOILERS EN LAS IMÁGENES)

A quién se le ocurrió la idea de unir la canción con la película creo que acertó de lleno, porque ambas casan la mar de bien. La canción nos habla de pandilleros sin futuro, desesperados, con esa acidez tan propia de Ilegales. Pandilleros agotados de esperar el fin, como parece que esté Rusty James, sin el más mínimo proyecto de vida.

Valoración: notable alto.
Te gustará si te gusta: la literatura juvenil realista, historias crudas, existencialistas.
Fragmentos:
(1) Rusty James se pregunta por qué Steve es su mejor amigo:

Me preguntaba por qué Steve era mi mejor amigo. Le dejaba venirse con nosotros, les paraba los pies a los demás para que no le pegasen, y escuchaba todos sus problemas. ¡Dios, cómo se preocupaba aquel chaval por todo! Hacía todo eso por él, y a veces él me hacía los deberes de Matemáticas y me dejaba copiar los rollos de historia, así que nunca cargué curso. Pero a mí no me importaba cargar, con que no era mi mejor amigo por eso. A lo mejor era porque le conocía desde hacía más tiempo que a cualquiera que no fuera pariente mío. Para ser un duro, tenía la fea costumbre de dejarme enganchar por los demás.

(2) Con estos modales actuará Rusty James:

Encendí un pitillo y apoyé los pies en el respaldo de la butaca de delante. ¿Qué culpa tenía yo de que hubiese alguien allí sentado? El tipo de delante se dio la vuelta y me miró con ara de mala leche. Le sostuve la mirada, como si no me apeteciese otra cosa más que partirle la cara. Se corrió dos butacas.

(3) Rusty James se ve en una situación novedosa:

Me había sentido raro todo el día. Había empezado esa noche, cuando el Chico de la Moto me había dicho por qué me daba miedo estar solo. Tenía un poco la sensación de que nada era sólido, como si la calle fuese a inclinarse de repente y a tirarme a un lado. Sabía que eso no iba a pasar, pero era lo que sentía. Además, desde que me habían currado, lo veía todo muy raro, como si lo estuviese viendo a través de un cristal deforme. No me gustaba. No me gustaba un pijo. En toda mi vida, sólo había tenido que preocuparme de cosas reales, cosas que se podían tocar, a las que podías darles un puñetazo, o de las que podías escapar. Había tenido miedo más veces, pero siempre había sido de algo real: no tener pelas, o un tiazo con ganas de arrearte, o si el Chico de la Moto se habría ido para siempre. No me enrollaba esto de tenerle miedo a algo, y no saber exactamente lo que era. No podía luchar contra ello, si no sabía lo que era.

(4) Por ejemplo, el personaje de su padre me parece interesante, quizás se podría haber aprovechado más:

Mi padre hablaba de una forma muy curiosa. Había estudiado Derecho en la Universidad. Nunca se lo conté a nadie, porque nadie se lo hubiera creído. A mí mismo me costaba creerlo. Nunca pensé que los que habían estudiado Derecho acabasen convertido en borrachos pensionistas. Pero supongo que algunos sí.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Rebeldes, de Susan E.Hinton. O la novela juvenil atemporal que marcó el camino de un nuevo género





Ficha
Título: Rebeldes
Autor: Susan E.Hinton
Nº de páginas: 194
Editorial: Alfaguara
Lengua: Castellana
Traducción: Miguel Martínez-Lage

Sinopsis (extraída de la web de La Casa del Libro):
Las peleas callejeras entre bandas rivales desencadenan tal violencia, que muchas terminan de forma trágica. Los conflictos familiares, la marginación, la ausencia de futuro... llevan a algunos jóvenes a buscar en la calle y en el grupo lo que no encuentran en casa. Pero siempre queda un destello de esperanza.

Opinión personal
Hace unos años me llegó online uno de estos típicos cuestionarios que circulan, concretamente trataba sobre libros y literatura. Ya saben, en el que tienes que responder a cosas como libro favorito, libro que menos te ha gustado, libro del que esperabas más, libro que prohibirías, etc. Y de todas esas cuestiones, hubo una a responder que me llamó la atención. Se te pedía un libro que recomendarías. Hasta ese momento, nunca había pensado qué difícil era recomendar un libro así, a secas. Difícil y absurdo a poco que se piense. Porque, ¿cómo recomendar sin saber los gustos de la otra persona? A mí me resulta imposible. Sencillamente creo que no se puede hacer nunca una buena recomendación a ciegas. Así que la pregunta me parecía “irrespondible”. Pero algo tenía que responder, no podía dejar un hueco en blanco. Después de mucho pensar, y aún sabiendo que no existe recomendación a ciegas que sea perfecta, sólo se me ocurrió una obra: Rebeldes, de Susan E.Hinton. Porque aunque incluso de Rebeldes he sabido de gente a la que no le ha resultado satisfactoria la lectura, es la novela en la que he visto un mayor consenso favorable. Hasta el punto de que he conocido a lectores que a priori abominaban del género al que pertenece la novela, juvenil-realista-problemas sociales, y han cambiado de opinión después de leerla.

El éxito de la novela es indiscutible. Tan sólo un dato: la edición de Alfaguara que yo he manejado es de julio de 2004, se trata de la ¡quincuagésima segunda edición! —la primera de Alfaguara fue en 1985—. Y publicada, originariamente en Estados Unidos, en el año 67. Rebeldes ronda ya los cincuenta años, pero ahí sigue como lectura aún vigente, edición tras edición, con el recibimiento favorable por parte de los nuevos lectores. Y si además hay algo sorprendente de este éxito es que Rebeldes fue publicado cuando la autora contaba con tan sólo 17 años. ¿Por qué Rebeldes sigue siendo una lectura tan leída década tras década? Es lo que me propongo a exponer a continuación.
La jovencícisima Susan E.Hinton


La literatura juvenil realista, esa que responde a la suma de “adolescencia + X problema social”, a veces carga con unas determinadas críticas negativas. Las más destacadas son un tono moralista-didáctico en exceso y unos personajes acartonados y estereotipados. Susan E.Hinton supera —al menos en gran parte— estos dos efectos. Pero es que con Hinton nos encontramos con una adolescente de talento literario precoz escribiendo sobre adolescentes. Y eso, en mi opinión, produce una comunión mágica. Y por eso nos suena todo tan cercano en Rebeldes, porque está descrita y narrada con una mirada horizontal. De joven a joven. Y no con una mirada adulta, desde arriba, que resulta en ocasiones demasiado condescendiente a la hora de crear una novela juvenil, y parece que se mueva en base a patrones prefigurados. Si la memoria no me falla, leí hace años no sé dónde que Hinton con esta ópera-prima se propuso escribir la novela que le gustaría leer, pero que nunca encontraba. La fuente de inspiración principal de la autora era su ambiente cotidiano, su mundo real. Un mundo juvenil que ningún autor adulto plasmaba en sus novelas.  Me pregunto si la “novela juvenil” —al menos tal y como la conocemos hoy en día— nació aquí, con Rebeldes. Porque no conozco un referente más antiguo. Bueno, de acuerdo, en el año 1951 se publicó El guardián entre el centeno, de Salinger, también con protagonista adolescente. Pero sinceramente, me parece otro tipo de novela muy distinta. No es lo que hoy en día se entiende bajo la etiqueta de "Literatura juvenil". Y fíjense si Rebeldes es una novela de literatura juvenil que en sus páginas no encontrarán a ningún personaje adulto con un mínimo de peso. Todo queda entre jóvenes.

La voz que nos narra la novela es la de Poniboy Curtis, un chico de 14 años, aún estudiante, que perdió a sus padres y vive con sus dos hermanos mayores: Sodapop, de 16 años, y Darry de 18. Ambos trabajan, pero será Darry quien más ejerza un papel propio de cabeza de familia, como un nuevo padre para Poniboy. A parte de este núcleo familiar, hay que sumar al resto de chicos de la pandilla, que son prácticamente miembros de la familia también. Se trata de Dallas Winston,  Johnny Cake, Steve Randle, y Two-Bit. Y los 7 personajes son greasers, una tribu urbana de la condición más baja de la sociedad. Y están en guerra declarada con otra tribu urbana, ésta de clase alta: los socs. Ya tenemos, pues, el punto de partida contextual desde el que arranca la novela. Y como decía, todo esto narrado por Poniboy, en un tono coloquial que no desentona en ningún momento y es perfectamente coherente con el personaje. Hay algo peculiar en el personaje de  Poniboy: su sensibilidad, más acusada que en el resto de personajes. Y, al contrario que los demás chicos de la pandilla, tiene la lectura como afición —aunque bueno, estos dos rasgos están también en Johnny, que por algo es su mejor amigo—. Hasta cuatro menciones literarias hay en la novela: al poeta Robert Frost; a las novelas de Jack London; a Grandes Esperanzas, de Dickens; y Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell.

Y a través de esta mirada sensible de Poniboy iremos conociendo el desarrollo de la historia. Nuestro protagonista es un personaje bien perfilado. Y creo que se ve en su curiosa doble vertiente: por un lado, siente orgullo de ser greaser, y de pertenecer a dicha tribu urbana. Y es algo que se manifiesta en un simple detalle: su preocupación por tener siempre bien el pelo, luciéndolo orgullosamente. Pero por el otro lado, cuestiona también si los greasers hacen lo correcto (1), porque su fondo autocrítico anhela un futuro mejor, un futuro en el que no hay —no debe haber—lugar para las bandas, tal y como le dijo su amigo Jonhnny: “debe de existir un lugar en el que no haya ni greasers ni socs”. Ambas vertientes, contradictorias en principio, se aúnan muy bien, de forma natural. O al menos, vuestro servidor Letraherido entiende que en un mundo complejo esta doble vertiente no es tan incoherente como en un principio pudiera parecer: has nacido dónde has nacido, en el ambiente en el que te has criado y con la familia y amigos —a los que quieres— que te han tocado. Por eso, pese a que ante una pelea contra los socs Poniboy sabe que en realidad no cambiará nada ni aunque ganen, y que esa pelea es un sinsentido, Poniboy irá y participará en la trifulca. Lo irreal —y bonito— sería que Poniboy dijera “ya no seré más un greaser”. Pero la vida no es tan sencilla, y Poniboy no puede ir más allá de un posibilismo, e intentar llevar el camino más recto y mejor —algo que realmente se propone— dentro del marco social en el que está. Rebelándose contra la resignación y la falta de perspectiva que se le ofrece. Que no es poco. Podría decidir seguir los pasos de su amigo Dallas Winston, pero no es ese el camino que él quiere.

En general en Rebeldes los personajes están insuflados de vida, rápidamente te haces una idea de cómo son y de sus personalidades, y con rapidez acaban resultándote familiares. Susan E.Hinton consigue este efecto porque, a través de las explicaciones de Poniboy, nos va dando pequeños detalles de la vida cotidiana de tal o cuál personaje. Una anécdota, una pequeña manía, un gesto, una actitud. Así los personajes se perfilan bien y de forma breve (2), se distinguen unos de otros y no resultan greasers clónicos. Esto es así en general, aunque hay un personaje que está demasiado desdibujado: Steve Rander, del cual se dice que es el mejor amigo de Soda, y poca cosa más. Pero salvo la excepción de Steve, Hinton logra crear unos personajes carismáticos.

Y es que los personajes importan mucho en esta novela. Porque Rebeldes no es tan sólo una novela de rivalidad entre bandas callejeras, con tensión y su dosis de adrenalina, que también. Rebeldes es, sobre todo, una novela de relaciones personales. De amistad, lealtad y comprensión. Los tres hermanos Curtis tienen que hacer frente a la pérdida de sus padres, entenderse y reconstruir los cimientos familiares de nuevo. Algo que no les resultará fácil. Además está la amistad, los amigos son esa segunda familia. El caso de Johnny Cake es el más significativo, por lo trágico que resulta: la despreocupación de sus padres hace que la pandilla sustituya a la familia. Y es curiosa la amistad entre Johnny y Dally, porque son personajes muy contrapuestos y a la vez con una gran apreciación mutua (3). Y por supuesto también está la relación entre socs y greasers. Dos conceptos, dos caracteres que en principio están bien diferenciados pero que al final quedan relativizados en sus diferencias, porque las cosas no son blancas o negras, y a veces en esta vida tan azarosa todo depende, simplemente, de en qué lado hayas nacido —o a qué lado te haya llevado una desgracia, lo sabrán por Darry, y no digo más para no spoilear—. 
Un greaser y un soc (de izquierda a derecha respectivamente), en plena batalla campal

Rebeldes es en definitiva una novela dura y a la vez muy emotiva y tierna, sensible sin por ello resultar empalagosa. Una novela notable, precursora de un género, escrita por una chica de 16 años. Empezaba esta reseña hablando de que Rebeldes es una apuesta bastante segura para acertar en una recomendación. Creo que lo que suele gustar es que, a pesar de toda la dureza, esa esperanza reconforta mucho al lector. Una esperanza que, mientras leía, me parecía un poco ingenua en el fondo. Pero a veces, si uno quiere seguir en esta vida, no le queda otra que tener esperanza para no bajar los brazos y no aceptar la rendición. Por ingenua que sea.

Aquí podría poner punto y final a la reseña. Pero que no se me queden en el tintero tres cosas:
La primera es sobre el título de la novela. El título original es The Outsiders,  al que desde luego, la traducción de Rebeldes no es la más apropiada. Un título más fiel al concepto original creo sería algo así como Los marginados. De hecho, en la edición catalana de este clásico así es como se le conoce: Els marginats. Pero supongo que siendo ya Rebeldes un clásico ahora sería complicado cambiar el nombre.

La segunda es que, en el capítulo dos, cuando están en el cine Johnny, Dally, Poniboy y Two-bits en alguna ocasión se cita erróneamente a Dally como Darry. Me pregunto si fue un error de traducción que no se subsanó o fue una errata de la propia Hinton y al traducirlo se decidió mantenerla. Porque me extraña que hayan ido pasando ediciones y siguiera el mismo error. No sé si aún será así en la edición actual.

La tercera y última es que no quería acabar la entrada sin comentar que hubo película por parte de Francis Ford Coppola. ¿El resultado? Personalmente no me entusiasmó. La vi hace años y recuerdo que la película era muy fiel al libro, pero carente de esa magia que la novela sí tiene. Me dejó bastante frío y no me conmovió como sí lo hizo la lectura. Al menos, como nota curiosa, destaca la aparición en el film de unos jóvenes actores que posteriormente tendrían una exitosa carrera en Hollywood. Por suerte, Coppola sí hizo un auténtico peliculón con otra novela de Hinton: La ley de la calle. Pero de esa otra novela se hablará en La posada del lector en otra ocasión.
Los siete greasers principales en la película de Coppola

Valoración: notable
Te gustará si te gusta la novela juvenil realista.
Fragmentos:
 (1) Ejemplo de reflexión autocrítica:

Nos ganamos a pulso buena parte de nuestros problemas, pensé. Dallas se merece todo lo que le cae encima, y podría ser mucho peor, si quieres que te diga la verdad. Y Two-Bit, en realidad, ni quiere ni necesita la mitad de las cosas que manga. Sencillamente le parece muy divertido afanar todo lo que esté bien vigilado.
(2) En una pincelada, Susan E.Hinton nos diferencia a dos chicas socs:

—Ponyboy, ¿vienes conmigo a por palomitas? —me preguntó Cherry.
Pegué un bote.
—Claro. ¿Queréis todos?
—Yo sí —dijo Marcia. Estaba terminando la Coca-Colsa que le trajo Dally. En este momento me di cuenta de que Cherry y Marcia no eran iguales. Cherry había dicho que bebería la Coca-Cola de Dally ni aunque se estuviera muriendo de sed, e iba en serio. Era por principio. Pero Marcia no tenía razón alguna para tirar una Coca-Cola perfecta y gratis.
(3) Ejemplo de cómo Johnny es capaz de ver algo noble en Dallas Winston.

—Me juego lo que quieras a que eran gente fenómena —dijo con los ojos brillantes, después que yo le leyera la parte en que cabalgaban hacia una muerte segura sólo porque eran galantes—. Me recuerdan a Dally.
—¿Dally? —dije sorprendido—. Pero si Dally no tiene mejores modales que yo. Y ya viste qué manera de tratar a las chicas la otra noche. Soda se parece más a los tíos del Sur.
—Sí, en los modales un poco, y en eso del encanto también, digo yo —dijo Johnny lentamente—, pero una noche vi cómo a Dally se lo llevaban los de la bofia y estuvo todo el rato tranquilo del todo. Lo pillaron por romper las ventanas del edificio de la escuela, y el que lo hizo fue Two-Bit. Y Dally lo sabía. Pero no hizo más que oír la sentencia sin parpadear ni intentar negarlo. Eso sí que fue galante.
 

miércoles, 5 de agosto de 2015

La carretera, de Cormac McCarthy. O mantener fe y ética cuando el mundo cae en la barbarie.





Ficha
Título: La carretera
Autor: Cormac McCarthy
Nº de páginas: 216 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Debolsillo
Lengua: castellano
Traducción: Luís Murillo Fort 

Sinopsis (extraída de la web de La Casa del Libro):
Una demoledora fábula sobre el futuro del ser humano, ganadora del Premio Pulitzer 2007. La carretera transcurre en la inmensidad del territorio norteamericano, un paisaje literalmente quemado por lo que parece haber sido un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo un viaje con él. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan sus escasas pertenencias, recorren los lugares donde el padre pasó una infancia recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío «capaz de romper las rocas».

Opinión personal
Cormac McCarthy es uno de esos autores vivos que suenan como candidato al Nobel de literatura. ¿Obtendrá McCarthy tal galardón? No sé, tal vez me equivoque, pero me da la impresión de que cuando un nombre suena mucho en las quinielas para hacerse con el premio lo más probable es que no se lo den. Pero mejor que no me pierda por vericuetos nobelísticos, que ahora no proceden. El caso es que me picó la curiosidad, y decidí leer alguna novela de este autor. La que cayó en mis manos  fue La Carretera. Y la verdad, la impresión ha sido bastante positiva, tendré que repetir con McCarthy. Vayamos ya con la novela que nos ocupa:
Cormac McCarthy

La carretera se puede encuadrar en un subgénero típico de la ciencia ficción: la novela post-apocalíptica. Añadiéndole además un toque de “novela de carretera”. ¿Qué ha pasado con la civilización para que nos hallemos en este escenario post-apocalíptico? Parece que los indicios —tierras calcinadas, bajadas de temperaturas, cielos cubiertos y grises— apuntan a un estallido nuclear, aunque en ningún momento se da la mínima explicación del por qué de la tragedia, tal vez porque el origen de la catástrofe ya no importa. No hay tiempo para mirar atrás cuando nuestros dos protagonistas, un padre y un hijo, tienen que mirar al frente y sobrevivir día tras día, sin más equipaje que unas pocas pertenencias que caben en el carrito de supermercado que arrastrarán a lo largo de las páginas. Y todo con el objeto de llegar al sur, con la esperanza de encontrar algo mejor, a la vez que sortean peligros, o lo que es lo mismo: a otros humanos en el camino. Esa es, muy resumidamente, la historia básica que nos encontramos en La carretera. Y todo esto contado de forma escueta pero no por ello deficiente. No sé si han oído hablar del dicho que dice “menos es más”. Pues bien, esa máxima extraigo yo de La carretera. Parece que McCarthy quiera ahorrar verborrea inútil y largos fragmentos explicativos. Tampoco se recrea en lo que cuenta. Porque McCarthy te lo cuenta todo sin ahorrar nada, pero sin por ello regodearse lo más mínimo. Y es que a veces algo que a priori parece poca cosa puede resultar ser mucho, y eso pasa con La carretera. La mayoría de críticas que ha recibido la obra han sido elogiosas, hasta el punto de que la novela se alzó con el prestigioso premio Pulitzer. Sin embargo, hay una crítica que ha llamado mucho mi atención, porque es de las pocas críticas negativas que he encontrado, la pueden leer aquí, y ya adelanto que estoy en desacuerdo con ella. Pero lo bueno de la literatura es eso: que puede haber disparidad de opiniones. Y un mismo rasgo literario, que para alguien es un desatino, para otro puede suponer todo un acierto. Y parece que eso nos pasa al señor Gándara y a mí respecto a La carretera. Así que mostraré esta crítica negativa tres fragmentos, para servirme de ellos como muleta argumentativa y exponer mi opinión de la novela de McCarthy.
<<Lo primero que sorprende es la escasa gama adjetivadora y de recursos de que el narrador dispone para describir el paisaje desolado y terminal de una tierra que ha sufrido un holocausto nuclear. Con el frío, lo gris y lo ceniciento insistiendo como un solo de tambor página tras página (repito: página tras página) no parece que puedan conseguirse grandes efectos ni emociones.” (…)Por lo que respecta al punto de vista, es decir, a quién cuenta, por qué y cómo se justifica, nos hallamos ante la habitual voz narrativa que vale para un roto y para un descosido, a saber, neutra (para entendernos) y saliendo de no se sabe dónde, quizá de alguna esfera sideral, como un ojo de cámara cuyo operador es Dios mismo (tengo oído que ya existe película de esta novela)>>.
Cierto. Hay una persistencia de lo gris en las descripciones. ¿El motivo? No hay ni una brizna de hierba, ni rastro de vida. Nada de animales o plantas. El paisaje está calzinado, así que es normal que el gris sea el color predominante. No por ello me parece una descripción descuidada. Cierto, no hay una reiterativa acumulación de adjetivos a la hora de describir, pero tal cosa no significa que la descripción sea poco detallada ni descuidada. (1)
Y sí, lo gris nos acompañará a lo largo de la novela. Página tras página, como dirá Gándara. Pero no parece ser por falta de talento de McCarthy —del cuál, según he leído en otras críticas aunque no puedo asegurarlo con mi palabra, el resto de su producción literaria presenta unas descripciones muy alejadas de las que encontramos en La Carretera—, sino más bien como un efecto producido expresamente.
Porque ese gris sempiterno de los cielos y esas cenizas que pisan refuerzan el efecto que nos producen las penurias de los protagonistas. ¿Hace falta una retahíla de adjetivos y una recreación más lírica o exhaustiva? Yo, sinceramente, no lo he echado en falta. La sobriedad no empeora necesariamente una descripción, ni el recargamiento la mejora tampoco forzosamente.
<<Por lo que respecta al punto de vista, es decir, a quién cuenta, por qué y cómo se justifica, nos hallamos ante la habitual voz narrativa que vale para un roto y para un descosido, a saber, neutra (para entendernos) y saliendo de no se sabe dónde, quizá de alguna esfera sideral, como un ojo de cámara cuyo operador es Dios mismo (tengo oído que ya existe película de esta novela).>>
Tiene razón de nuevo Gándara respecto a la voz narrativa: es neutra. Pero cuando se pregunta que de dónde sale la voz narrativa me pierdo un poco. Si el narrador es externo, si no nos narra un personaje de la novela, no entiendo el por qué preguntarse de dónde sale la voz. Y sí, la voz es fría y monocorde. Pero volvemos a lo mismo que he comentado sobre la persistencia del gris: no es un rasgo que lastre la novela, más bien al contrario. Esa voz aséptica, como una cámara objetiva, nos transmite ese frío que sienten los personajes, esa sordidez del día a día de supervivencia. Pero además, en La carretera no importa sólo lo que se dice. Importa también lo que no se dice. ¿Cómo se llaman los protagonistas? No lo sabemos, son “el hombre” y “el chico”, sin más. Y esta omisión podría tener valor simbólico: ¿representan nuestros protagonistas a la humanidad y por eso no se detallan los nombres? Porque siguiendo con los nombres, ¿en qué territorio están de los Estados Unidos? ¿Qué pueblos recorren? ¿De qué Estado? Tampoco lo sabemos. ¿Pero acaso importa? Cuando la civilización cae y entramos en la más absoluta barbarie, cuando no hay ningún tipo de justicia ni orden administrativo, ¿qué importan los nombres territoriales? Este aire indefinido, esta falta de concreción onomástica crea una atmósfera fantasmal en la novela, y hasta amenazante. Y como lector, también he tenido a veces la sensación de que un silencio recorre la novela. Un silencio que puede ser muy triste en la soledad de nuestros dos personajes, pero también es sinónimo de seguridad. Si no hay ruido, no hay amenaza. También los diálogos entre padre e hijo estarán cargados de unos silencios con mucho significado.
<<En este orden de cosas, los alardes literarios del narrador, consistentes sobre todo en el quebranto y fragmentación de la frase, y el uso de los diálogos sin el signo de guión y sin acotaciones, sirven para desfigurar las referencias y para construir un paisaje literaturizado que oculta la percepción material de la catástrofe. Ya entiendo que esta percepción podría ser elidida en función de otros objetivos. Pero no los hay. Y no los hay porque lo que la novela cuenta es la historia de un padre y de un hijo pequeño que tienen que atravesar un desierto en el que antes se erigía la civilización, y cuanto les ocurre es lo que ocurriría a cualquiera en esas circunstancias. Sin haber más en esta narración. En suma, peripecia previsible y nada más que peripecia.>>
De nuevo hay aquí información objetiva y cierta: los diálogos están carentes del signo discursivo del guión. No hay tampoco división de capítulos, y la novela está estructurada en una sucesión de fragmentos, la mayoría no muy extensos. Pero no veo que oculte “la percepción material de la catástrofe”. La catástrofe la vemos no sólo por la calcinación y la falta de vegetación, también por pueblos fantasmales y edificios abandonados. Volvemos a lo comentado anteriormente, ¿qué se necesita para que la catástrofe esté visibilizada? ¿Largas descripciones ricas en adjetivos? Hasta aquí he mostrado ya mis discrepancias con la crítica. Creo que, evidentemente, hay un punto subjetivo en nuestras opiniones. Y tal vez sea cosa mía que me miro la novela con buenos ojos, o que este tipo de descripción no me desagrada. Pero ahora llegamos a un último punto discrepante en el que vuestro amigo Letraherido no se bajaría de la burra ni aunque le pagaran. Me refiero a eso de que en La Carretera no hay nada más que una historia de supervivencia de un padre y un hijo, “peripecia previsible y nada más que peripecia”. Porque, a poco de empezar la obra, había algo en la relación padre e hijo, algo que se ve en sus diálogos, que ya me llamaba la atención. Es un tema que sobrevuela a los protagonistas, más allá de la dificultad de subsistir en un mundo salvaje y hostil, y me atrevería a decir que es el tema principal de la novela: la ética.
El hombre y el chico, padre e hijo, protagonizados por Viggo Mortensen y Smit-McPhee respectivamente. En la película homónima dirigida por John Hillcoat
No, La carretera no es ni de largo un tratado de ética. Ni tampoco un ensayo sobre moralidad. Afortunadamente no es nada de eso —de serlo, la novela sería, imagino, algo así como un panfleto infumable—. Pero en esa relación padre-hijo ves que no sólo se preocupan de sobrevivir, tienen además la necesidad de creer que hacen lo correcto, de “seguir siendo los buenos”. Que por cierto, esta pregunta que formula el niño, “¿aún seguimos siendo los buenos?”, suena tan inocente y tierna como devastadora. El niño parece el último reducto de humanidad para una sociedad que ya no parece humana, porque en La carretera se vuelve no ya a una civilización dura y primitiva, sino a la barbarie absoluta. No es la primera vez que la ficción ha tocado el tema de la caída de la civilización y de cómo se instaura la ley del más fuerte. Pero personalmente, como lector, sí es la primera obra que me encuentro en la cual además ya no hay vegetación ni animales. Sólo quedan humanos deambulando en una tierra estéril. Así que para alimentarse, cuando no puede haber ni caza, ni pesca, ni agricultura ni ganadería, sólo hay dos posibilidades: 1- Latas de conserva de la extinta civilización —el problema es que, obviamente, cada vez son más escasas y difíciles de encontrar, ya que es lo primero que se busca— y 2- Canibalismo. Cualquier humano que te encuentres en el camino puede ser un potencial depredador. Y en este contexto, en el cual más que nunca “el hombre es un lobo para el hombre”, el niño pretenderá ayudar y hacer todo lo posible por cualquier persona que encuentre en el camino. Nunca le faltará al chico la compasión para nadie. Para disgusto de su padre, más consciente del peligro que corren, ya sea porque el auxiliado pudiera tener intenciones poco agradecidas con sus benefactores, o ser un cebo en mitad del camino. Además de que, cuando el hambre les hace estragos, puede ser suicida compartir los escasos víveres que posees con una tercera persona. Pero he aquí una paradoja: el niño cuestionará la negativa sensata del padre a ayudar al prójimo… gracias precisamente a la educación del propio padre (2). Porque él le enseñará que “llevamos el fuego”, y que “somos los buenos”.
Y así, sobreviviendo a duras penas, prometiéndose no involucionar de personas a monstruos, nuestro padre e hijo siguen camino hacia el sur, con más fe que esperanza en encontrar algo nuevo, algún espacio humanitario. Hacia el sur, y siempre hacia el sur, dirigirán sus pasos con una ingenuidad auto imbuida, un auto engaño forzoso para seguir con vida. De no ser así, uno se pregunta para qué vivir, si merece la pena seguir con vida de esta guisa, con el eterno miedo en el cuerpo. Aunque este autoengaño lo veo más presente en el padre que en el hijo, ya que al “hombre” le asaltarán dudas de si no tendría que usar su pistola para poner fin al sufrimiento, como sí hizo una persona querida por él —revelado en uno de los flashbacks presentes en la novela—. Pero el padre encuentra un anclaje a la vida: su hijo. Es todo lo que tiene, y me aventuro a decir que si sigue adelante es únicamente por eso. Porque debe haber —o nacer en breves— un nuevo mundo incorrupto para alguien aún no embrutecido. “Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca”, dirá viendo a su hijo dormir.
Supongo, apreciados lectores, que ya se les hace larga y pesada esta entrada. Así que abrevio con un último detalle: esa cita a Dios no me parece casual. Y no es la única que encontraremos en esta lectura. Se me quedó un regusto bíblico (3) al cerrar la novela. Lo mismo que con lo de “llevar el fuego”, que me ha recordado al mito de Prometeo. Esto que expongo a continuación es pura conjetura mía, pero, igual que Prometeo tuvo que pagar un precio por llevar el fuego a la humanidad, nuestros protagonistas “llevan el fuego” y reciben también un castigo, aunque sea por parte de una realidad insoportable.
La Carretera es, en definitiva, una novela dura. Una novela de ciencia ficción post-apocalíptica en la que los motivos y causas de tal desastre no importan, porque es más que nada una historia de supervivencia, como dice Gándara. Pero para mí hay algo más. Es un viaje buscando una esperanza, cuando nada invita ya a ella. McCarthy sitúa a dos personajes que se niegan a ser monstruos para sobrevivir en la situación más extrema posible, y en algo tienen que aferrarse si deciden seguir adelante y no despedirse de la vida.

Valoración: notable.
Te gustará si te gusta las novelas de ciencia ficción post-apocalítptica. No te la recomiendo, sin embargo, si no puedes con las novelas deprimentes ni de catástrofes.
Fragmentos:
 (1) Puede gustar o no, pero yo no diría que este texto es descuidado:
Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno (…)
Despertó antes del alba y vio despuntar el día gris. Lento y medio opaco. Se levantó mientras el chico dormía y se puso los zapatos y envuelto en la manta caminó entre los árboles. Bajó a una grieta en la piedra caliza y se agachó para toser y tosió durante mucho rato. Luego permaneció de hinojos en la cenizas. Levantó la cara al pálido día.

(2) Cuando eres un niño espabilado y te das cuenta de que la realidad de la vida no coincide con la del cuento:
 Pasaron allí todo el día, sentados entre las cajas de la tienda.
                tienes que hablarme, dijo.
                Estoy hablando.
                ¿Seguro?
                Ahora te estoy hablando.
                ¿Quieres que te cuente un cuento?
                No.
                ¿Por qué?
                El chico le miró y apartó la vista.
                Esos cuentos no son verdad.
                No tienen por qué. Son cuentos.
                Sí, pero en esas historias siempre estamos ayudando a gente y nosotros no ayudamos a la gente.
                ¿Por qué no me cuentas tú algo?
                No tengo ganas.
                Vale.”
(3) Sólo un ejemplo más: 
Cruzar aquella región costrosa y gris les llevó dos días. Más allá la carretera seguía la cresta de un cerro a ambos lados del cual el monte árido descendía. Está nevando, dijo el chico. Miró al cielo. Un solitario copo grisáceo que cayera de un tamiz. Lo atrapó en la palma de su mano y lo vio expirar como la postrera hostia de la cristiandad.

martes, 7 de julio de 2015

¿Cuánto dura el amor? O saber qué entendemos por amor primeramente


Éste es un blog de literatura. Pero como no sólo de pan vive el hombre, a veces a vuestro servidor le da por compartir alguna reflexión no necesariamente relacionada con el mundo literario.
El caso es que desde hace un tiempo estoy pululando por Ask, una red social que consiste en responder preguntas formuladas bien por otro usuarios, bien de forma automática por el propio Ask. Una de las preguntas que me encontré era la siguiente: ¿Cuánto tiempo dura el amor?
Y me dio que pensar, la verdad. Porque quizás hayan oído hablar de estudios científicos que lo determinan en torno a unos cuatro años aproximadamente —algunos estudios decían que aún menos, otros que más, pero más o menos por ahí rondaba de media, por unos cuatro años—.  Si se googlea, rápido se accede a estas noticias. La pueden ver por ejemplo aquí, o aquí. El caso es que se dice que el amor es pura química, sustancias que segrega nuestro cerebro temporalmente. Y que por lo tanto nos desenamoramos en cuanto dichas sustancias, como dopamina y norepinefrina, dejan de segregarse.
¿Y qué pasa con esas parejas que duran toda una vida? Le preguntan a los científicos. Fácil respuesta, te responden. Ya no es amor. Es convivencia, interés amistoso y a la vez sexual —y si es que lo sexual no se ha perdido del todo— en torno a un proyecto común. Un interés social, pero no amor.
Eso dicen, y yo no soy científico, por lo tanto no puedo rebatirles. Y me lo creo totalmente. Creo que ese proceso químico sucede de verdad, creo que somos química y eso nos determina, y que al conocer a alguien que nos gusta vivimos un periodo de cierta euforia, en el que esa persona nos ocupa muchas horas en el pensamiento. Todo esto es cierto. Pero matizaría algo, una pequeña objeción. Y es que puede haber un hecho objetivo, pero la manera en la que nombramos las cosas, el ponerle nombre a un fenómeno, ya no lo es tanto. Así que tengo mis reservas de que a ese proceso químico y temporal  se le llame amor.
Bien, mi hipótesis es la siguiente —y como es una hipótesis puedo equivocarme, pero es lo que creo—:
Cuando el cerebro deja de generar esas sensaciones no acaba el amor. Acaba el enamoramiento, la atracción. Si pasado el periodo de sentir mariposas en el estómago todavía existe el deseo de estar con la otra persona, el amor justo acaba de empezar.
Eso creo, o tal vez es que sigo bajo el efecto de Cyrano de Bergerac, la obra sobre la que trata mi anterior entrada. Disculpen este inciso.

lunes, 22 de junio de 2015

Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand. O cuando perder así es ganar.


Ficha:
Título: Cyrano de Bergerac
Autor:  Edmond Rostand
Nº de páginas: 240 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Espasa Calpe
Lengua: castellano
Traducción: Laura Campmany, Jaime Campmany
Introducción: Jaime Campmany

Sinopsis:
El protagonista, espadachín terrible, polemista violento, brillantemente locuaz y célebre por su desproporcionada nariz, oculta una pasión avasalladora por su prima Roxana, que, a su vez, está enamorada de Christian, un guapo cadete carente de ingenio. Mediante un pacto, Cyrano escribirá, enajenado por un juego que lo embriaga y angustia, las intensas cartas de amor que su rival envía a la joven.

Opinión personal:
Antes de nada, debo decir que esta entrada contendrá grandes spoilers. Si no han leído la obra o no han visto las películas —si las han visto no hay problema, ya que argumentalmente no desvelo nada que no se sepa—  ni saben nada de la historia mejor huyan de aquí.

No soy mucho de relecturas. Y sin embargo es la tercera vez que he leído Cyrano de Bergerac. Y no sé ni cuantas veces habré visto la película de Depardieu. Cyrano de Bergerac es una de esas lecturas a la que vuelvo de vez en cuando. Especialmente en momentos de inflexión. Hay que volver a Cyrano. O bien leyéndola, o bien viéndola en la gran pantalla. Tanto la adaptación de 1950, protagonizada por José Ferrer, como la de 1990 por Gerard Depardieu, están muy logradas. Pocas obras literarias han tenido tanta suerte como esta pieza de Rostand a la hora de ser llevadas a la ggran pantalla.
La primera vez que la leí fue hará más de diez años en una edición en catalán. La segunda vez, fue una edición de Espasa-Calpe. Y esta tercera también ha sido en una edición de Espasa-Calpe, pero con una nueva traducción a cargo de Laura y Jaime Campmany, la cual considero muy lograda.

La aparición de Cyrano de Bergerac en los escenarios fue algo un tanto anacrónico. Estrenada en 1897, hacía ya décadas que el romanticismo como movimiento literario había pasado. El realismo, las nuevas corrientes simbolistas y el teatro de Ibsen aupaban aquella escena de final de siglo. Y ahí, como digo, se estrenó la pieza teatral de la que hablamos. ¿Qué pasó para que esta obra provocara que el público prorrumpiera en una salva de aplausos interminable? Según crónicas de la época, al bajar el telón los aplausos duraban largos minutos y tenían que volver a subir el telón más de una vez para que los actores siguieran recogiendo la ovación. Hasta se dice que los espectadores se abrazaban unos a otros. ¿Por qué este furor? Bueno, contextualmente hay una explicación: cuando se representó la obra en 1897 no había ninguna guerra de por medio, pero lo cierto es que sí había cierta tensión. Francia había perdido años atrás los territorios de Alsacia y Lorena en manos de los alemanes. Y estaba también la tirantez con Inglaterra por el Canal de Suez y Egipto —debido a esto, poco después se produciría la batalla de Fashoda—. Cyrano de Bergerac es la historia de un personaje grandilocuente, heroico, fascinante, al que el espectador elevó a héroe nacional… y que acaba fracasando estrepitosamente. ¿Tal vez los franceses, henchidos de amor patrio, veían su propia concepción patriótica ideal reflejada en Cyrano a la vez que eran conscientes de que su querida Francia pasaba por horas bajas? Gustó tanto la pieza teatral que hasta Edmond Rostand fue condecorado pocos días después del estreno con la medalla de la Legión de Honor. Además, la obra está ambientada en el siglo XVII, una época de esplendor añorada por Francia —cuando España ya declinaba—, y basada en un personaje real, porque, efectivamente, existió un Cyrano, y fue un librepensador rebelde y contestatario, aunque sin esa idealización y romanticismo que Rostand sí le atribuyó al personaje.

Edmond Rostand, el hombre que levantó los ánimos de toda Francia


Pero sería un grave error pensar que el éxito de Cyrano de Bergerac se debió al hecho de llegar justo en el momento histórico preciso.Y también sería un error reducir la obra a una lectura patriótica. Han pasado más de 100 años, y el espectador actual no recuerda nada de aquel momento histórico, no lee la obra ya en clave nacional, y, al tratarse de un clásico universal, es muy probable que el espectador no sea de nacionalidad francesa. Y ahí sigue el espectador actual, entusiasmado. De la misma manera que sería limitado pensar que Cyrano de Bergerac fue una obra propiamente del romanticismo pero estrenada a posteriori. Sí, es romántica si tenemos en cuenta sobre todo al personaje de Cyrano, con su individualismo feroz enfrentado a una sociedad que considera sumisa, mediocre e ignorante—en el famoso enfrentamiento del primer acto Cyrano no se ofenderá tanto porque se hayan burlado de su nariz, sino porque lo han hecho con escaso talento e ingenio—, su idealismo enfrentado a la realidad mezquina, el sentimiento amoroso que lleva en soledad, o su anhelo vitalista de encontrar un algo más que la propia vida no parece capaz de ofrecer. Y dejando de lado al protagonista, como buen drama romántico, también podemos decir que Cyrano de Bergerac nos lleva cronológicamente al pasado y hasta nos ofrece toques costumbristas que recogían el colorido de la vida cotidiana de París, y todo esto escrito en verso y en cinco actos titulados. Sí, sin duda una obra romántica. Pero ¿saben que sucede con una obra que contiene todos los ingredientes prototípicos del movimiento romántico pero no tiene insuflada vida? Pues que se queda en una obra de cartón piedra, de ideas y tópicos prefabricados. No es el caso de Cyrano de Bergerac. Una obra que además no sólo miraba al pasado, pues resultaba también moderna para su época. Sin nada que envidiar tampoco a los planteamientos del teatro realista.

Hay quien se emociona con Cyrano de Bergerac por la historia de amor. Obvio. Estamos ante una de las historias más conmovedoras de toda la literatura. Pero nuevamente me toca decir que sería limitar la obra si nos quedáramos con que es una mera historia amorosa. No obstante, para  empezar a desgranar la obra, se debe partir de aquí, de la historia de amor, puesto que en torno a ella gira toda la trama. Cyrano está enamorado de su prima Roxana, y ha estado enamorado prácticamente desde niño. Pero debido al complejo físico de su gigantesca nariz, “por miedo a ser burlado” como él dice, es incapaz de declararse amorosamente a nadie. Un día su prima Roxana lo cita, y Cyrano acude esperanzado pensando si no será que algo se ha despertado en el corazón de su prima. Pero una vez acude a la cita, ésta le confiesa estar enamorada de un joven cadete llamado Christian. No han intercambiado Christian y Roxana ni una palabra, pero ella está prendada de la belleza física del joven. El motivo por el que Roxana cita a Cyrano es para pedirle que, puesto que Christian entraría en su regimiento, tuviera cura de él y le protegiera. Cuando Cyrano conozca a Christian, el joven le dirá que está enamorado de Roxana, pero que es incapaz de hablarle, que no tiene ningún talento para cortejar a una dama con la palabra. En ese mismo instante, a Cyrano se le ocurrirá una idea: él le escribirá las cartas de amor a Christian para que se las dé a Roxana, le cederá su palabra para que Christian sea capaz de conquistarla. Llegados a este punto, cabe preguntarse cuántos triángulos amorosos como éste hubo anteriormente en la literatura. Porque el triángulo de dos personas enamoradas de una tercera sí, ha habido y habrá. ¿Pero que uno ayude a su rival a conquistar a la persona que él también ama? ¿Qué mueve a Cyrano a actuar así? Pues esencialmente lo hará por dos motivos. El primero es el amor incondicional que Cyrano siente por su prima. Si Roxana ama a Christian, Cyrano hará lo posible para que ella pueda estar con el ser amado. La dicha de Roxana será la dicha de Cyrano, pese a que a la vez le parta el corazón. Y de todos modos, parece que Cyrano ya ha renunciado a ella, ve a su prima como un imposible. De hecho siempre ha sido es incapaz de tener la mínima desenvoltura verbal con Roxana cuando se trata de expresarle sus sentimientos. Cyrano es un excelente poeta, capaz de batirse en duelo a la misma vez que compone un soneto contra su rival. Es vital, atrevido, ingenioso, valiente, locuaz de palabra… pero sólo podrá apenas articular sonidos cuando cree erróneamente que Roxana le podría confesar su amor:

ROXANA. (Sin soltarle la mano.)
                                               Es fuerza que me atreva,
pues a hacerlo me empuja la niñez recobrada.
Cyrano, te confieso que estoy enamorada.
CYRANO.
¡Ah!
ROXANA.
Y él no sabe nada, al menos por ahora.
CYRANO.
¡Ah!
ROXANA.
Pero va a saberlo muy pronto, si lo ignora.
CYRANO.
¡Ah!
ROXANA.
Verás, es un joven que rondándome está,
Pero que no se atreve a sincerarse.
CYRANO.
¡Ya!
ROXANA.
Será de los que piensan que callar es de sabios,
mas yo he visto que al verme le temblaban los labios:
CYRANO.
¡Ah!
(Termina Roxana de hacerle un pequeño vendaje con su pañuelo.)
ROXANA
Y además resulta que, para mi contento,
sirve precisamente en vuestro regimiento.
CYRANO
¡Ah!
ROXANA. (RIENDO.)
Puesto que es cadete de vuestra compañía.
CYRANO.
¡Ah!
ROXANA.
Su aspecto denota bravura, gallardía…
Es joven, noble, audaz… ¡y apuesto!
CYRANO. (Levantándose, pálido)
¿Cómo? ¿Apuesto?
ROXANA.
¿Qué tenéis?
CYRANO. (Muestra la mano, sonriendo.)
Nada, nada, el corte, que es molesto.
ROXANA.
En resumen, que le amo. Aunque debéis saber
que fuera del teatro no le he podido ver.

Por eso, el segundo motivo por el cual Cyrano accede a ayudar a Cristián es para poder ver cumplido un deseo suyo —aunque sea cumplido sólo a medias—: declararse a su amada. Cyrano sabrá que, aunque Roxana suspira pensando que le escribe Cristian, en realidad son sus palabras y sus sentimientos los que producen tal efecto. Por eso, su momento de felicidad más grande será cuando, debajo del balcón y protegido por la oscuridad de la noche, haciéndose pasar por Cristian y seduciéndola para él, podrá desatar libremente su lengua y su corazón:

CYRANO
Si supierais, señora, cómo adoro este instante.
Si jamás fui elocuente…
ROXANA
                                   Lo habéis sido bastante.
CYRANO
Nunca vibró mi voz tan rotunda y sonora
como en estos momentos
ROXANA
                                   ¿Y eso?
CYRANO
                                               Porque hasta ahora
yo os hablaba por boca…
(Está a punto de desvelar el juego, pero rectifica.)
                                   … del estremecimiento
que invade a quien os mira. Pero esta noche siento
que aunque os hablé más veces, lo hago por vez primera.
(…)
¿Puedes sentirme el alma en esta oscuridad?
¡Oh Dios, qué noche! Nunca soñé con algo así.
Yo os hablo a vos, y vos, vos me escucháis a mí.
Ni en mi ambición más alta, ni en la menos modesta,
esperé lograr tanto. Ahora sólo me resta
morir, pues es mi aliento el que aviva tus llamas
y hace que te estremezcas de amor entres las ramas.
Porque tiemblas cual hoja, y la causa soy yo.
Porque siento que tiemblas, y lo quieras o no,
el temblor de tu mano enardece el jardín,
desciende por las ramas y estalla en el jazmín.
Cyrano de Bergerac, interpretado por José Ferrer, el cuál ganó un oscar por ello

Cyrano es, pues, un personaje complejo y de contrastes. Ya que, a parte del contraste entre su valentía en la batalla y su cobardía en el amor, también es simpático y antipático a la vez. Porque no nos engañemos: Cyrano nos cae bien por su nobleza y honestidad, por su osadía para romper con toda hipocresía social, viviendo en total libertad y sin vasallaje a ningún noble poderoso. Pero se abre el telón y nos encontramos, metateatralmente, con la representación de una obra de teatro, y por ventolera de Cyrano la actuación debe suspenderse porque no soporta al actor protagonista, independientemente de lo que opinen el resto de espectadores, e incluso los amenaza si alguien osa rechistar su voluntad. Eso sí, en un gesto grandilocuente, comprendiendo que esa gente ha pagado la entrada por ver el espectáculo, decide arrojar toda su bolsa de dinero como pago. Para el conde De Guiche, personaje en principio antagonista, Cyrano es un payaso bravucón. Y su fiel amigo, Le Bret, lejos de aplaudirle, no puede evitar preocuparse por la suerte de su amigo, porque sabe que esos gestos grandilocuentes le acabarán pasando factura:
PORTERO. (A Cyrano.)
¿Vos no cenáis?
CYRANO.
                        Yo, no.
(Sale el Portero.)
LE BRET.

                                   ¿Puedo saber por qué?
CYRANO. (Viendo que no está el Portero.)
No tengo ni un ochavo.
LE BRET. (Imitando el gesto de arrojar la bolsa.)
                                   ¿Y la bolsa de escudos?
CYRANO.
Todo lo que tenía iba entre aquellos nudos.
LE BRET.
¿Cómo vas a aguantar este mes?
CYRANO.
                                               Con lo puesto.
LE BRET.
¡Tirar así el dinero! ¡Qué idiotez!
CYRANO
                                                           ¡Y qué gesto!

Y sin embargo nos gusta Cyrano, empatizamos con él. Pero en cierto modo, ¿Le Bret y De Guiche no tienen razón al ofrecer otra visión contrapuesta del protagonista? Considero que también la tienen, y eso que Le Bret quiere mucho a Cyrano y De Guiche al final no podrá evitar quitarse el sombrero ante él —y por su parte, Cyrano también acabará reconociendo valor y nobleza en el conde—. Pero ahí está la grandeza de la obra, gracias a esa pizca de ambigüedad. Cyrano es grandioso, pero precisamente es grandioso a pesar de —o más bien gracias a— sus defectos.
Y no sólo el personaje, toda la obra de Cyrano de Bergerac tiene esa doble cara: hay una profunda  tristeza, pero en la vida cotidiana no faltan las risas. Hay placer, pero también dolor. Y grandeza y ridiculez pueden llegar a confundirse y ser cosas inherentes, formando una curiosa dualidad. Se ve claro en el pastelero Regueneau. Un pastelero amante de la poesía que se erige como mecenas, y quiere que acudan a su pastelería cuantos más poetas mejor, él a cambio les invitará a merendar, para disgusto de su mujer. ¿Resultado? Su pastelería se llenará de poetastros gorrones, más preocupados por devorar pasteles que de componer versos. Regueneau, visto así, acaba siendo un tonto al que engañan… pero en su “ingenuidad” ¿no hay cierta grandeza? Cyrano lo alabará, y aunque no se profundiza demasiado en la relación de amistad Reguenau-Cyrano, se nota la mutua admiración que se tienen:

CYRANO. (Aparte, a Raguenau.)
                                                           Al amparo de Orfeo,
¿no ves cómo te esquilman la despensa?
RAGUENEAU. (En voz baja y sonriendo.)
                                                                       Ya veo…
Fingir que no se mira no equivale a no ver.
Para mí, recitar es un doble placer,
pues doy rienda a dos pasiones de mi vida:
dar a las musas versos y a los hombres comida.
CYRANO. (Dando a Ragueneau una palmada en el hombro.)
Me gustas.

Siguiendo con más personajes de la obra, hay quien dice que Roxana y Cristián salen mal parados. La primera por ser esa prototipo de “ángel de amor”, o lo que es lo mismo: mujer pasiva cuya única función es ser ese recipiente de halagos. El segundo por ser el tonto que no articula palabra y cuyo único mérito es tener una cara bonita. De acuerdo, tal vez al principio ambos personajes sean así. Puede que al principio les notemos faltos de grandeza —sobre todo comparados con el protagonista, que empequeñece a cualquiera—. Pero evolucionarán, y probablemente por la influencia que les irradia Cyano. Me parece cuestionable que Roxana sea una mujer florero, puesto que tendrá la valentía de plantarse en mitad de la guerra acompañada de Reguenau, y además con víveres para la tropa —la cual sufría un asedio, y el hambre hacía estragos—. No sólo eso, sino que las cartas de Cyrano tuvieron tal efecto que ella misma llegó al siguiente razonamiento: ¿cómo pude llamar amor a lo que sentía por Christian sin saber nada de su interior? Ahora sí que siento amor, ahora sí estoy enamorada. A esa conclusión llegará Roxana, y al decirle eso a Christian éste también tendrá una revelación, y más cuando ya empezaba a sospechar de los verdaderos sentimientos de Cyrano. Así que Christian, en un acto de honradez, decide ponerle fin a la farsa, pidiéndole a Cyrano que le cuente la verdad a Roxana, y que ella decida con quién se queda. Cyrano, por primera vez, al saber que Roxana le dice literalmente a Christian que le amaría aunque fuera feo, llega a esperanzarse. Pero antes de poder decir nada llega la noticia de que Christian muere, y Cyrano ya no ve propicio revelarle la verdad a Roxana después de esto.

Christian, interpretado por Vincent Pérez


Cyrano de Bergerac es una obra que nos muestra contradicciones y contrastes. Hay momentos de seriedad y grandilocuencia y a la vez que detalles de cotidianidad nimia —como en la primera escena del primer acto—. Y por esos detalles nos creemos la historia, porque nos parece real como la vida misma. Y más que personajes buenos y malos, encontramos personajes con intereses contrapuestos. Porque hagámonos una pregunta: ¿quién es el malo de la obra? En principio todo apunta a que el conde De Guiche tendrá el papel antagonista. No traga a Cyrano, y viéndose burlado por el matrimonio secreto de Christian con Roxana, movilizará justo en ese instante al regimiento de sus dos odiosos rivales para la guerra contra España en un acto de venganza. Y sin embargo, avanza la obra y De Guiche al final no es el enemigo malvado de nadie. En la guerra demuestra su valor, luchando hombro con hombro con Cyrano, frente al enemigo común. Y llegamos al último acto, en el que han pasado catorce años, y Roxana, viuda por la muerte de Christian, decide enclaustrase en un convento. De Guiche, sintiéndose culpable por la muerte de Christian en la guerra, será amigo de Roxana, y acabará cogiendo aprecio a Cyrano hasta el punto de preocuparse por su suerte debido a los enemigos que continuamente se granjea, advirtiendo a Le Bret de que cuide de su amo y que sea precavido. Pero parece que el aviso llega demasiado tarde. Cyrano, al salir de casa para ir a visitar y entretener a su prima como cada sábado, sufrirá un accidente al caerle una viga en la cabeza. Se sospecha que pudo ser hecho a posta por cualquier enemigo suyo… sin especificar quiénes son esos enemigos. Y sin saber realmente si ha sido un accidente provocado o cosa del azar. Porque aunque se tiene la sospecha, en ningún momento se confirma o desmiente que ha sido un asesinato y no un accidente por puro azar. ¿Quién ha sido el malvado ruin que ha asesinado a Cyrano? No hay nombre, no se sabe quién —y si es que ha sido alguien—. Porque en el fondo da igual que no haya nombre. La enemiga en sí parece ser la propia vida, con sus irónicas bromas pesadas y sus zancadillas. Y en el quinto y último acto se nos mostrará la disyuntiva más dolorosa que la vida puede ofrecernos: por un lado, se nos describe a Cyrano pobre como una rata, sin apenas un trozo de pan que llevarse a la boca, viviendo en extrema soledad —¿dónde está ahora ese pueblo que tanto le aclamaba cuando realizaba una victoria heroica?—. Ser un librepensador y no doblegarse ante nadie tiene un precio y Cyrano debe pagarlo. Y por el otro lado, el conde de Guiche ya no es conde, ahora es duque. Y posee una posición social aún más elevada y respetada, en concordancia con el aumento de su riqueza material. Pero algo le entristece. No puede evitar confesar que admira e incluso siente celos del espadachín protagonista. Sabe que para vivir bien ha tenido que pagar un precio. Todos los precios que Cyrano se ha negado a pagar. De Guiche siente un vacío en su interior, algo que su inmensa fortuna no puede suplir:

Duque de Guiche:
¿Pena de qué? ¿No es cierto que ha vivido sin pactos,
amo de sus ideas y dueño de sus actos?
Le Bret. (De nuevo amargamente)
Con todo…
Duque. (Con cierta altivez)
                 Sí, ya sé. Yo soy rico y Cyrano…
¡Pero ojalá pudiera estrecharle la mano!
(…)
A veces, siento celos.
Cuando ya se han colmado los más nimios anhelos,
uno siente, no habiendo causado grandes males,
mil pequeñas zozobras, mil pruritos males,
que aunque no desazonan, sí causan malestar.
Pues el manto de duque arrastra a su pesar,
mientras de la excelencia se suben los peldaños,
un crujir de renuncias y amargos desengaños.

¿Qué es el triunfo? ¿Qué es el fracaso? De nuevo la vida nos ofrece algo ambiguo en ambos conceptos. Vemos a De Guiche rico y respetado, pero un punto de tristeza hay en su interior, no se siente realizado. Y en cambio el propio De Guiche ve a Cyrano como un triunfador pese a su pobreza, aunque el propio Cyrano no opina lo mismo de su vida. Él soñaba con poner fin a su vida heroicamente en combate, y no que la muerte se le materializara de forma vulgar, por una viga caída en su cabeza. También es un poeta talentoso, un genio con la pluma, pero no ha podido, al contrario que Molière, triunfar en las letras. Nunca superó tampoco su complejo físico. Así es la vida, donde triunfo y fracaso se mezclan y se confunden según el punto de vista. Lo más curioso es que esta dicotomía la vivió en sus propias carnes Edmond Rostand por el enorme éxito de la pieza teatral que nos ocupa. ¿A qué artistas no le gustaría ver una obra suya triunfar a lo grande? En principio a nadie, pero hay un dicho que dice “cuidado con lo que deseas, que se puede cumplir”. Edmond Rostand, como creador, se sintió arrollado ante semejante éxito. Ya jamás supo hacer otra obra al mismo nivel, sintiéndose artísticamente estéril. La sombra de Cyrano fue tan alargada que nunca se pudo sacudir el peso de encima. Incluso su mujer, la poeta Rosemonde Gérard, declaró que “siempre he vivido a la sombra de Cyrano de Bergerac; momento hubo en que no sabía de quién era viuda: si de Edmond Rostand o de Cyrano de Bergerac” (1). Sí, su Cyrano fue un éxito. Pero un éxito envenenado.

Han pasado más de cien años, y Cyrano de Bergerac ha entrado en la historia de la literatura universal. Y es universal porque nos interpela a nosotros mismos frente a la vida y a los avatares de ésta. Parece que no basta con elegir un camino, ni siquiera basta con encontrar el camino que efectivamente habíamos deseado, tal y como les sucede a De Guiche y a Cyrano. La vida nos enseña que, en el mejor de los casos, no se puede tener todo, porque por cada cosa que se decide obtener se está rechazando otra. Y eso por no hablar cuando en el día a día se nos lanzan estocadas inesperadas, algunas a traición por la espalda. Dicho de esta manera, parece que Cyrano de Bergerac nos deja un regusto amargo y triste con semejante concepción trágica de la vida. Pero yo no lo veo del todo así. Porque seamos realistas: la vida no es un Edén, la vida no es fácil y nos hará fracasar constantemente. Asumámoslo. Pero cada vez que mordamos el polvo no está de más recordar que no necesariamente por perder se es un fracasado. No siempre vencer consiste en tener éxito. Cyrano podía lamentarse en su agonía todo lo que quisiera, pero si caía derrotado en la vida era porque sólo una persona como él podía perder así. Porque si triunfaba sentiría el vacío que sentía el conde De Guiche. Por eso Cyrano pierde. Y perder así es ganar.


Valoración: obra maestra
Te gustará si te gusta la capa y espada, el drama histórico, las historias de amor, la poesía.

(1) Cita extraída del prólogo de Jesús Pardo. De la edición de: Rostand, Edmond. Cyrano de Bergerac (Jesús Pardo, ed). Madrid. Espasa Calpe. 1999.
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