lunes, 29 de mayo de 2017

Seda, de Alessandro Baricco. O la inexplicable y extraña suavidad de la vida



Ficha
Título: Seda
Autor: Alessandro Baricco
Editorial: Anagrama
Lengua: castellana
Traducción: Xavier González Rovira y Carlos Gumpert

Sinopsis (palabras del propio Alessandro Baricco)
“Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe.
Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores, que se sabe muy bien lo que son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe. Y, en todo caso, ese nombre no es amor. (Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos).
Todas las historias tienen una música propia. Esta tiene una música blanca. Es importante decirlo porque la música blanca es una música extraña, a veces te desconcierta: se ejecuta suavemente y se baila lentamente. Cuando la ejecutan bien es como oír el silencio y a los que la bailan estupendamente se les mira y parecen inmóviles. La música blanca es algo rematadamente difícil.
No hay mucho más que añadir. Quizá lo mejor sea aclarar que se trata de una historia decimonónica: lo justo para que nadie se espere aviones, lavadoras o psicoanalistas. No los hay. Quizá en otra ocasión”.

Opinión personal
Demasiado tiempo sin levantar la persiana, y tengo muchas reseñas pendientes de mis lecturas del pasado año 2016. Una de ellas es Seda, de Alessandro Baricco, una obrita de la que había leído opiniones muy extremas. Desde gente que la encumbre hacia el Olimpo literario —la crítica de Vargas Llosa fue entusiasta— hasta gente que dice que es una aberración. Leyendo críticas me dio la impresión que no había término medio. Pues bien, parece ser que el término medio lo tendré que defender yo, ya que ni me ha parecido una obra brillante ni tampoco algo indigno de leer. La he disfrutado mientras la iba leyendo, pero no la volvería a releer. Y toca abrir la Posada del lector para explicarme.

Como bien habrán leído en la sinopsis anterior, que recoge las palabras de Baricco, parece ser que estamos ante una novela distinta —y lo de novela, como ya ven, es un decir según el propio autor —. ¿Cómo es entonces Seda? Baricco juega todo el rato con la indefinición y espera que juzguen ustedes lo que se van a encontrar. ¿Y que me he encontrado yo?
Pues que se puede llamar novela corta o cuento largo, pero se llame como se llame, lo que hay objetivamente es una obra corta, de sesenta y cinco capítulos breves, de dos a tres páginas de media, y algunos incluso de tan sólo unas pocas líneas. Y hay algo que no me parece baladí señalar: la escritura en los capítulos se inicia casi a media página, con un gran margen blanco en la parte superior, algo más propio de los libros de poesía que de los de narrativa. Pero en el caso de Seda creo que tiene mucho sentido por su cadencia poética, por esa música de la que habla Baricco. En ocasiones he tenido la sensación de leer un haiku puesto en prosa, por las frases cortas, descriptivas, cortantes, y sugerentes. Alessandro Baricco hace todo un ejercicio estilístico, pretendiendo crear una atmósfera emocional, una sensación melancólica y hasta onírica. Incluso el título, Seda, parece una metáfora de la ligereza y suavidad que encontraremos en su interior. Sin recargarnos de información hasta el punto de que argumentalmente habrá cosas que no se explicarán y seremos nosotros, los lectores, quienes tendremos que rellenar algunos huecos. Pero no es que el argumento esté descuidado, sino que está supeditado a esta intencionalidad sensitivo-poética. Por eso leer Seda es leer descripciones con una cadencia pausada y musical. Descripciones que incluso en ocasiones llegan a repetirse palabra por palabra a lo largo de las páginas. ¿Y quién nos describe así en esta novelita? Pues un narrador en tercera persona y omnisciente. Omnisciente dentro de lo posible, claro, que ya les he dicho que hay mucha información omitida.

Alessandro Baricco
Pero a todo esto, les he estado hablando de cómo está contada la historia pero no de qué historia se trata: estamos en el siglo XIX, en un pueblo francés llamado Lavilledieu y en el que habita nuestro  protagonista, Hérvé Joncour, el cual se encarga de la industria local de la seda y está felizmente casado con su esposa Hélèn. Pero debido a una enfermedad que sufren los huevos de los gusanos de seda, hay que buscar una solución alternativa para salvar el negocio. Y la solución consistirá en viajar a otro país para comprar huevos sanos, concretamente a Japón. Gracias a estos constantes viajes el negocio seguirá siendo próspero y Hérvé Joncour irá aumentando su riqueza, pero no serán en realidad motivos de negocios los que le harán volver una y otra vez al país del sol naciente. Será una obsesión amorosa con una misteriosa chica, que no posee rasgos asiáticos y que pertenece a Hara Kei, que es algo así como el gobernador de la región. Y hasta aquí pueden leer, no les diré nada de cómo termina esta historia, o mejor dicho: no les diré nada de lo que yo interpreto que sucede en esta historia, para no spoilearles ni condicionarles en la lectura. Porque con tantos silencios y sutilezas Baricco da juego a que sea el lector quien extraiga ciertas cosas del desarrollo argumental.

Además de esta forma poética y argumentalmente algo difusa en Seda, creo que hay otra característica fundamental en la obra: el tono fabulístico. Mientras leía Seda, tenía la sensación de leer un cuento, y digo cuento y no cuento infantil, debido al trasfondo existencial y al erotismo presente. El caso es que este tono de cuento lo consigue Baricco usando tres elementos: el exotismo de una tierra lejana, el tratamiento de los personajes y, por último, la astucia y la riqueza como subtema.
En el primer caso, Japón es presentado como un territorio exótico para los ojos y las vivencias del protagonista occidental. Japón incluso se define como el destino al que se llega “siempre recto. Hasta el fin del mundo”. Por este exotismo se difumina el realismo y se aumenta la sensación de misterio, quedando ese aire de cuento del que les hablo. ¿Y qué pasa con la Francia occidental y la época en la que se inserta la historia? Pues que se nos presenta con una pincelada ultra breve, como un decorado y sin entrar en disquisiciones sociales. Es tan sólo un telón de fondo. Y así nos lo muestra Baricco en el primer capítulo de la historia:
Era 1861. Flaubert estaba escribiendo Salammbô, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería.
Hervé Joncour tenía treinta y dos años.Compraba y vendía.Gusanos de seda.

De la misma manera que tampoco encontrarán una disertación sobre los viajes de los comerciantes del siglo XIX y del cultivo de la seda. Es algo que está ahí, fundamental para contextualizar la novela, pero sin que el foco de la novela recaiga en ello.
Eso en cuanto al marco exótico y social, vayamos ahora a los personajes. Ya podrán imaginar que no es una novelita que muestre gran introspección psicológica, e incluso los personajes tienen un aire plano, sin evolución. Y hasta arquetípicos, como es el caso de Baldibiou que representa la sabiduría y es como una especie de mentor de Hérvé Joncour. O como Hara Kei, representante del poder. Y después tenemos a las dos mujeres, los dos amores del protagonista. A priori pueden parecer ambos personajes muy pasivos, y hasta desdibujados, pero tengan paciencia al empezar la lectura, que hay muchas sutilezas y giros al final de la obra. Y por supuesto, tenemos a Hérvé Joncour, nuestro protagonista. El único personaje que sí evoluciona, pues la historia de Seda será la historia principal del protagonista y de su viaje exterior a Japón que implicará también un viaje interior en él. En un principio, se nos dirá que era “uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla”. Pero tomará iniciativa para verse inmerso en la persecución obsesiva de una pasión.
Y ya por último, está esa subtemática de riqueza y sabiduría. ¿No han escuchado jamás ninguna fábula de cómo alguien se enriquece gracias a su ingenio? Apostaría a que sí, pues se pusieron muy de moda hace unos años —hola, Jorge Bucay—. Y si no caen en qué tipo de fábulas me estoy refiriendo lean el capítulo seis de Seda, es el ejemplo perfecto de lo que les estoy hablando. Dicho capítulo gira en torno a la figura de Baldibiou y cómo se enriquece dándole una lección de sabiduría al alcalde del pueblo. Así es, ya les dije que Baldibiou era un personaje arquetípico. Se hace rico y no porque, paradójicamente, le mueva la avaricia, sino la sabiduría desinteresada. Pasa lo mismo con Hervé Joncour. Se hace inmensamente rico gracias al negocio y sin ser un hombre codicioso. Hervé Joncour será de hecho como un protector para el pueblo. En un momento dado de la novela, el negocio de la seda irá mal, ¿y qué hará Hervé Joncour? Mandará hacer, altruistamente, construcciones para que el pueblo tenga trabajo. Resaltando así las características positivas del buen ciudadano, o mejor dicho: del buen burgués benefactor en este caso. Porque en Seda no hay cabida a conflictos sociales ni luchas de clases por la sencilla razón de que no hay análisis social de ningún tipo.

Bueno, llegados a este punto, creo que ya sólo me queda mojarme. Decir en qué me ha gustado Seda y en qué me ha fallado. Empecemos por la parte positiva: Baricco sabe lo que hace. No deja cosas al azar. Y todo lo que no se dice explícitamente en Seda, esos huecos silenciosos, cumplen su función para crear misterios. Así como sus repeticiones, que parecen transmitir la desidia del paso de los días en Hervé Joncour. Los personajes, como les he contado, no están muy trazados descriptivamente y pecan de ser algo planos, pero tampoco están huecos, y nos hacemos una idea de cómo son a través de sus acciones y de ciertas sugerencias simbólicas. Los personajes, por lo tanto, son correctos para este tipo de lectura. En definitiva, todo lo que parece que falta en Seda no se atribuye a ningún descuido del autor. Todo está puesto adrede para así conseguir el efecto deseado. Seda se ha traducido a muchos idiomas y ha vendido bien, algo que siempre provoca un aumento paulatino de críticas negativas, puesto que hay obras peores que han vendido menos y no provocan semejante rechazo. Además hubo adaptación cinematográfica por parte del director francés François Girad, en el año 2007, pero como no la he visto no les puedo decir nada.


¿Qué me ha fallado? Pues que aunque la jugada no le sale mal a Baricco, está lejos de ser una obra maestra. La sinfonía está bien ejecutada, pero no es una excelente sinfonía. Ni siquiera una sinfonía notable. En cuanto a la originalidad, lo más destacado es esta prosa de Baricco… que no está mal, pero no me resulta mejor que leer un buen libro de haikus. Y como he comentado, Seda es como un cuento adulto, pero aún así ese exotismo me parece propio de una lectura infantilizada. Algo que rara vez no acartona. El triángulo amoroso tampoco me ha resultado llamativo ni su típica división entre un amor acomodado y hogareño y un amor pasional y prohibido. Ya ven, Seda es una lectura que no está mal, una lectura bonita, pero que no me llega a entusiasmar. Aunque para acabar, me gustaría despedirme con el mejor sabor de boca que me ha dejado la novela: por reseñas leídas en la red, se defiende mucho la idea de que el tema principal de Seda es el triángulo amoroso. Pero para mí, el tema central ha sido la extrañeza de la vida. Como si fuera una película que pasa ante nuestros ojos, y no siempre sabemos qué hacer ni qué decisión tomar. Y que tomemos la decisión que tomemos, somos más espectadores que actores. En un principio Hervé era un personaje pasivo, hasta que se deje llevar, persigue una pasión y toma decisiones. Pero aún así, la vida sigue siendo extraña, tan extraña que de qué manera protagonizar lo que no se entiende. Sencillamente no se puede. Y sólo nos queda el papel de espectador. Es la idea de Seda que más me ha llegado y con la que me quedo. Y sí, ha logrado dejarme un poso melancólico y de vacío de esta manera:
De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

Valoración: Bien

Te gustará si te gusta la poesía japonesa, los cuentos antiguos, la escritura minimalista.

lunes, 6 de febrero de 2017

El maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte. O un protagonista que deja huella




Ficha
Título: El maestro de esgrima
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Lengua: Española
Nº de páginas: 329

Sinopsis (copiada de la contraportada)
En el Madrid galdosiano de 1868 Jaime Astarloa es un maestro de esgrima que trabaja dando clases de florete a algunos nobles de la ciudad. Todo el escenario cambia cuando entra en juego una dama que desea tomar clases de esgrima con Astarloa..

Opinión personal
Les hablé en mi última reseña de Allan Karlson, el protagonista de la novela El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Novela que no fue de mi agrado, así como tampoco el personaje protagonista. Les contaba que uno de los rasgos más destacados de dicho personaje era su apoliticismo, su negativa a querer involucrarse políticamente en nada. Pero aclaraba que si el personaje me parecía tan pobremente construido y tan hueco no era debido a su apoliticismo per se. Sí, eso les contaba en mi última reseña, y como tenía que ir pensando en la siguiente, me acordé de otro personaje apolítico. Pero éste, a diferencia del protagonista de la novela de Jonas Jonason, no era un tronco hueco, sino un gran personaje. Me refiero a Jaime Astarloa, el maestro de esgrima, y que da este mismo título a la novela de la que hoy nos ocuparemos. Pero antes de que me sigan leyendo, un inciso: no desvelaré nada del final de la obra. Ni un solo giro argumental sorprendente será destripado en esta entrada. Así que no habrá ningún spoiler que os eche a perder la lectura. Pero sí doy pinceladas que, si son ustedes personas ultra recelosas de los spoilers, de ésas que ni leen las sinopsis, quizás sí les pueda llegar a molestar. En sus manos queda la decisión de entrar hoy a tomar algo en La posada del lector.

El maestro de esgrima fue de las primeras obras de Arturo Pérez-Reverte. Concretamente su segunda novela, publicada en 1988. Se acercan ya los treinta años de su publicación, y considero que no envejece mal. Como les decía, el personaje protagonista es clave en esta novela. Sí, ya, claro, en todas las novelas el personaje principal es importante, me dirán. Pero en la obra que hoy nos ocupa muy especialmente —no en vano, ya digo que es el personaje quien da el título a la obra—. Será nuestro maestro de esgrima quien sustente el mayor peso narrativo —y emotivo— de la novela. Y a través de un narrador omnisciente en tercera persona, conoceremos en todo momento a Jaime Astarloa, con sus creencias arraigadas, su forma de entender —y entenderse— con el mundo y las sensaciones que irá experimentando a lo largo de la historia.
Jaime Astarloa, en la película homónima dirigida por Pedro Olea

¿Y cómo es don Jaime Astarloa? Se trata de un hombre ya entrado en la cincuentena y que resulta ser el mejor esgrimista de Madrid —y probablemente de España—. La edad no ha conseguido, todavía, robarle del todo sus facultades, pues se sigue manteniendo ágil. Vive sin lujos pero con humilde comodidad en una casa de alquiler, ganándose la vida impartiendo clases de su arte —él se niega a llamarlo deporte— a miembros de la nobleza. Y lo más característico de él: es un hombre de un idealismo fuera de lo común.
Idealismo y amor por la caballerosidad y las buenas maneras. No en vano, la novela se abre con la siguiente cita del autor del romanticismo alemán Henrich Heine, extraída de sus Cuadros de viaje: <<Soy el hombre más cortés del mundo. Me precio de no haber sido grosero nunca, en esta tierra donde hay tantos insoportables bellacos que vienen a sentarse junto a uno, a contarle sus cuitas e incluso a declamarles sus versos>>. La cita no es casual, se le aplica perfectamente a don Jaime Astarloa. Pero don Jaime no es sólo que no resulte grosero frente al desliz ajeno, es que además suele tener una mirada indulgente. El maestro de esgrima vive en su mundo particular, con sus reglas y su idealismo, pero no por ello es antisocial ni se cree moralmente superior a nadie. No se siente altivo, ni mira a los demás desde ninguna altura. Y es algo que se puede ver fácilmente en cómo se relaciona con el resto de personajes. Por ejemplo, cuando acude a la tertulia del café El progreso, a sentarse con unos viejos amigos, e irremediablemente la cosa termina derivando en discusión política, mayormente por dos contertulios que encarnan dos facciones políticas enfrentadas de la época —de todo ello les hablaré más adelante—. Una discusión política de la cual el maestro de esgrima se siente totalmente ajeno. E incluso, aunque no medie política de por medio, don Jaime Astarloa sigue desentonando, puesto que un hombre que no parece tener los pies puestos en la realidad pragmática. Pero lo cierto es que, pese a todo, don Jaime valora esa compañía:
Le aburrían soberanamente las interminables polémicas que libraban sus contertulios, pero no eran éstos una compañía peor ni mejor que otra cualquiera. El par de horas que cada tarde pasaba con ellos le ayudaba, al menos, a aliviar su soledad. Con todos los defectos, gruñones y malhumorados, despotricando contra cualquier bicho viviente, al menos se proporcionaban unos a otros la ventaja de poder comunicarse en voz alta sus respectivas frustraciones.
Así como también valora la amistad de uno de sus alumnos, Luís de Ayala, el marqués de los Alumbres. Y la valora pese a que Luís de Ayala no encarne los supuestos valores ideales que debe encarnar un hidalgo y sí los defectos propios de la hidalguía (1). Pero don Jaime, aunque vea los defectos del marqués y cómo éste lleva un tipo de vida tan distinta a la suya, no le juzgará mal. Mas al contrario, en la novela se nos dirá que “le gustaba Luis de Ayala, y también que éste lo llamara maestro, aunque no se tratase exactamente de uno de sus alumnos. En realidad, el de los Alumbres era uno de los mejores esgrimistas de la Corte, y hacía años que no precisaba recibir lecciones de nadie. Su relación con Jaime Astarloa era de otra índole”.

Jaime Astarloa va transitando por la vida de esta guisa, amable y solícito para con los demás, pero a la vez con sus momentos de soledad reservados para sí, junto con su biblioteca y su dedicación al esgrima como noble arte. Un arte al cual no sólo se dedica como profesor, sino también como investigador, como erudito que va detrás de un sueño: la estocada perfecta. Una búsqueda que todavía le obliga a pasarse algunas noches en velas. Parece que es el único objetivo por cumplir que le queda a su edad, pues don Jaime Astarloa ha llegado a encontrar una melancólica calma, una tranquilidad de espíritu que definiría, pese a que dudo que Pérez-Reverte pensara en ello, casi como algo zen (2). Su rutina resulta armoniosa y tranquila, y cuando el maestro no da clases, pasea por Madrid y visita el café El progreso. Y a través de esos paseos y esas visitas al café de nuestro protagonista, la novela nos ofrecerá, por momentos, un cuadro costumbrista y político de la época. Costumbrista porque veremos esas calles y esos ambientes de los cafés en el verano de un Madrid de 1868. En las páginas de la novela se nos mentarán calle Riaño, la Plaza Mayor, el Paseo del Prado o la calle de Bordadores en la que vive nuestro protagonista. Y en ocasiones, Pérez-Reverte nos dará ribetes descriptivos de ese Madrid. Y este costumbrismo, como digo, nos lo ofrece por momentos, porque no es un continuum a lo largo de toda la novela, son pequeñas pinceladas en las que a veces Pérez-Reverte se detiene (3), y sobre todo en la primera mitad de la obra, concretamente en los cuatro primeros capítulos. Así que en mi opinión no es que El maestro de esgrima sea una novela costumbrista, sino que tiene parajes que parecen extraídos de un cuadro de costumbres de Mesonero Romanos. Cosa que a mí particularmente como lector me ofrecía aún más ese aroma decimonónico. También me ha recordado, por momentos, a Galdós o incluso a Clarín (4), como si Pérez-Reverte guiñase a la tradición literaria del siglo XIX.

Y en cuanto al tema político de trasfondo, la novela sucede durante el verano de 1868, y finaliza una vez entrada ya en el mes de septiembre. Nos encontraremos, por lo tanto, ante  las puertas de “la Gloriosa”. Los liberales más rebeldes sueñan con instaurar una República, y esperan que Prim regrese a España del exilio, y concretamente a Madrid. Por contra, estaba el sector más conservador y acérrimo a la monarquía, una monarquía con Isabel II en horas bajas. Pero mejor nos cuenta cómo estaba la cosa el narrador omnisciente de la novela:
En las tertulias, todas las conversaciones giraban en torno al calor y a la política: se hablaba de la elevada temperatura a modo de introducción y se entraba en materia enumerando una tras otra las conspiraciones en curso, buena parte de las cuales solía ser del dominio público. Todo el mundo conspiraba en aquel verano de 1868. El viejo Narváez había muerto en marzo, y González Bravo se creía lo bastante fuerte como para gobernar con mano dura. En el palacio de Oriente, la reina dirigía ardientes miradas a los jóvenes oficiales de su guardia y rezaba con fervor el rosario, preparando ya su próximo veraneo en el Norte. Otros no tenían más remedio que veranear en el exilio; la mayor parte de los personajes de relieve como Prim, Serrano, Sagasta o Ruiz Zorrilla, se hallaban en el destierro, confinados o bajo discreta vigilancia, mientras dedicaban sus esfuerzos al gran movimiento clandestino denominado La España con honra. Todos coincidían en afirmar que Isabel II tenía los días contados, y mientras el sector más templado especulaba con la abdicación de la reina en su hijo Alfonsito, los radicales acariciaban sin rebozo el sueño republicano. Se decía que don Juan Prim llegaría de Londres de un momento a otro; pero el legendario héroe de los Castillejos ya había venido en un par de ocasiones, viéndose obligado a poner pies en polvorosa. Como cantaba una copla de moda, la breva no estaba madura. Otros opinaban, sin embargo, que la breva empezaba a pudrirse de tanto seguir colgada del árbol. Todo era cuestión de opiniones”.
Como ven, todo un polvorín político… al que don Jaime apenas reparará atención, ni mostrará interés. No es así con los dos tertulianos habituales del café antes citados: Agapito Cárceles y Lucas de Rioseco. Republicano liberal el primero y monárquico conservador el segundo. A través de estos tertulianos, por sus diálogos —o mejor dicho: por sus discusiones—, iremos teniendo también noticias de aquella actualidad política y de cómo iba avanzando la situación. Como ven, no sólo tendremos la información dada por el narrador omnisciente, y por eso no creo que sea casual que Pérez-Reverte haga que Cárceles y Rioseco sean los personajes con más intervenciones en el Café. Y además tendrán estos dos tertulianos un ligero toque caricaturizado, dando un leve tonillo humorístico a la obra. Dichos personajes exaltados y politizados, sentados en una misma mesa con don Jaime Astarloa, sirven para crear un gran contraste con el protagonista. Los otros dos compañeros de mesa, Marcelino Romero y Antonio Carreño, pasan a un discreto plano, y especialmente el último citado.

Pero claro, si en la vida apacible del maestro de esgrima lo más interesante fueran las tertulias, no tendríamos novela… pero la tendremos. Porque con El maestro de esgrima no estamos ante una novela sin acción con ribetes costumbristas. No. El maestro de esgrima es una novela histórica y a la vez un thriller. Y lo será básicamente por dos motivos:
El primero será por un personaje femenino que entrará en la vida de don Jaime Astarloa, y que hará su aparición ya en el primer capítulo. Se trata de Adela de Otero, una joven y elegante mujer de veintisiete años, adinerada y misteriosa que un día llama a la puerta de casa del maestro para pedirle, ni corta ni perezosa, que le enseñe a ejecutar su famosa estocada, una estocada particular del maestro que tiene un precio a parte, concretamente dos cientos escudos. Resulta algo insólito que, por aquel entonces, una mujer decidiera practicar esgrima, y por ello don Jaime Astarloa rechazará darle clases pese a la cuantiosa suma que Adela de Otero le ofrece. Sin embargo, Adela de Otero no es mujer que se rinda, y llamará a la puerta de la casa del maestro de esgrima por segunda vez, consiguiendo convencer a nuestro protagonista para que acceda a darle clases. ¿Cómo lo consigue? Demostrándole un conocimiento asombroso del arte de la esgrima, sorprendiendo al maestro y obligándole a abandonar su reticencia inicial. El personaje de Adela de Otero es fundamental en la novela, casi tan importante como Jaime Astarloa. Y no sólo porque hará avanzar la acción argumental, sino porque también trastocará la apacible y célibe vida emocional del maestro, provocándole una lucha interna consigo mismo, una lucha entre la fascinación que siente por la joven por un lado y su deber y caballerosidad pasiva por el otro. No podrá evitar que un chispazo  de emoción se le encienda por dentro. Pero racionalmente, a su edad, no quiere prestarse tampoco a ningún juego amoroso ni a soñar ninguna posibilidad fantasiosa. Aunque el poso esté ahí (5).
Y hasta aquí pueden leer y hasta aquí les puedo explicar acerca del personaje de Adela de Otero —y créanme, les podría explicar muchas cosas—, pero ya que les dije que no habría spoilers importantes.
El segundo motivo que alterará la vida del apacible Jaime Astarloa será la política. Sí, ya, les dije que Jaime Astarloa vivía al margen, y mucho más aún de conspiraciones en la sombra. Pero la vida a veces tiene grandes ironías. Y desde luego para don Jaime Astarloa tendrá una preparada, con unos documentos inesperados de por medio llegará a sus manos  y que desencadenarán la acción.
Omero Antonutti y Assumpta Serra, los actores que encarnarán a Jaime Astarloa y Adela de Otero
Y toda esta historia dividida en ocho capítulos y precedida por un breve prólogo. Pero se puede trazar una línea divisoria entre los cuatro primeros capítulos y los cuatro últimos. Como he comentado anteriormente, hay escenas costumbristas en la novela, estancias en las tertulias del café y paseos por Madrid, pero eso lo encontraremos sobre todo en los cuatro primeros capítulos, así como también las clases de esgrima que don Jaime impartirá a Adela de Otero. Porque ésa es otra, e inevitable no mencionarla: la esgrima. Un elemento crucial en la novela por motivos obvios. Así que nos encontraremos largas charlas y descripciones sobre dicho deporte arte, y hasta los capítulos están titulados con un movimiento de esgrima. Y todo esto en los cuatro primeros capítulos, como les decía. Pero a partir del quinto la novela da un giro. Un asesinato hará que empecemos a leer un thriller y que la novela adquiera tintes policíacos, siendo la intriga el elemento más visible y no ya tanto el ambiente descriptivo de Madrid, y se notará aún más la influencia de la literatura de folletín —la sombra de Dumas es alargada— en Pérez-Reverte. Sobre todo, al finalizar algunos capítulos, deteniendo la narración justo en un momento de gran suspense. Y como he comentado, la historia como telón de fondo, con el acontecimiento de la Gloriosa al caer, y trazándose un paralelismo entre el aumento de la tensión política del país con la tensión emocional que vivirá

El maestro de esgrima no es una novela muy extensa —y menos si la comparamos con otras obras del mismo autor—,y se lee con fluidez. Pues aunque tiene partes descriptivas, éstas tampoco se eternizan —a bote pronto, si la memoria no me falla, recuerdo más densas las descripciones en la novela Trafalgar de Pérez-Reverte—. El lenguaje narrativo es sencillo —que no descuidado—, y no recuerdo, al contrario que en otras novelas de Arturo, onomatopeyas en la narración. Estamos, como en todas las novelas de Pérez-Reverte, con el clásico esquema de introducción, nudo y desenlace porque lo de Pérez-Reverte es siempre contar historias. Una historia lineal salvo algunos pocos flashbacks que nos cuentan la vida del protagonista.

Empezaba esta reseña explicando que me decidí a escribirla por una comparativa entre personajes. Y apuntando algunas cosas más sobre Jaime Astarloa terminaré esta reseña. ¿Por qué me ha parecido un buen personaje? Al principio de esta entrada lo comparaba con Allan Karlson diciendo que Jaime Astarloa era apolítico pero no un tronco hueco. ¿Y a qué se debe ese apoliticismo del maestro de esgrima? ¿A falta de valores? Para nada. Jaime Astarloa tiene mucho trasfondo ético. Hasta el punto de que es el personaje más bueno desde un punto moral que jamás ha creado Pérez-Reverte que yo le haya leído —y juraría que algo así también dijo el propio autor en una entrevista, pero quizás me falla la memoria—. De hecho, uno de los logros del personaje es que resulta bueno sin ser plano y sin ser perfecto. Y pese a ser el maestro una persona peculiar, te la llegas a creer, pues Jaime Astarloa se equivoca, duda, siente, actúa —o no actúa—. Y hasta siendo un hombre recto y benévolo, puede llegar a ser injusto, como cuando en el capítulo cuarto le reprocha a su amigo del café Marcelino Romero su pasividad en el amor, que no se atreva a dar un paso adelante… cuando el propio don Jaime “sabía muy bien que algunas de las cosas que le había dicho a Romero podían serle aplicadas a él mismo, y esa certeza no lo hacía precisamente feliz”. No es un robot, como una mujer del club de lectura al que acudí definió a Allan Karlson. Y es que si Allan Karlson es indiferente a estímulos externos y parece un autómata independientemente del medio en el que esté insertado el personaje, don Jaime sí será sensible a las circunstancias. Es inevitable cuando se es humano, por mucho que se haya construido un muro entre él y el mundo. También me parece interesante comparar a Jaime Astarloa con otro personaje imprescindible en la narrativa de Pérez-Reverte: el capitán Alatriste. Ambos personajes coinciden en que son hombres con ideales, creen en la palabra dada, siguen ágiles con una empuñadura en la mano aunque la edad ya va pasando para ambos —y especialmente para Astarloa—, y encaran la vida con cierto estoicismo. El arquetipo al que responden ambos personajes es muy parecido, por no decir el mismo. Pero hay un matiz que los diferencia: Astarloa no se ha embrutecido como Alatriste, sus circunstancias han sido más amables. Y pese a que Jaime Astarloa sirvió joven en la guerra, tuvo la suerte de encontrar en la esgrima su forma de ganarse la vida. No es Jaime Astarloa de clase alta ni le sobra el dinero, pero como hemos visto anteriormente vive cómodamente bien —y mejor podría vivir aún si tuviera un sentido más pragmático de la vida, siendo un maestro tan reputado—, y no como Alatriste, que por necesidad debe ser un eterno soldado cuando hay guerra, y cuando hay paz a malvivir como mercenario “alquilándose por cuatro maravedíes en trabajo de poco lustre”. Por eso el maestro de esgrima tiene un punto más caballeroso y ético que el espadachín. Entonces ¿por qué es apolítico? ¿No le interesan que las cosas funcionen bien socialmente? ¿No cree que el futuro del país irá mejor o peor según qué postura política triunfe? ¿Piensa que ambos bandos son iguales? La respuesta, o al menos la que yo interpreto, es que vivir en su mundo interior y con sus propias reglas le hace perder cierto sentido de la realidad. Una realidad que prefiere desdeñar, y que por desdeñarla pagará un precio. Pese a que dos personajes le avisarán de que no le conviene estar tan fuera de la realidad. El primero es su alumno y amigo el Marqués de los Alumbres:
De todas formas, hace mal en aislarse de ese modo, don Jaime; permita la entrañable opinión de un amigo… La virtud no es rentable, se lo aseguro. Ni divertida. Por Belcebú, no vaya a pensar que, a sus años, intento colocarle un sermón… Sólo pretendo decirle que resulta apasionante asomar la cabeza a la calle y mirar lo que ocurre alrededor. Y más en momentos históricos como los que estamos viviendo…
Y el segundo personaje será el jefe de policía Jenaro Campillo, que aparecerá cuando la novela se convierta en un thriller policiaco, y le dirá al protagonista que:
—Hay usted algo de… De inocencia, a ver si me entiende. Quiero decir que su comportamiento podría compararse, salvando las distancias, al de un monje de clausura que de pronto se viera envuelto en el torbellino del mundo. ¿Me sigue? Usted discurre a lo largo de esta tragedia como si flotase en un limbo personal, ajeno a los imperativos de la lógica y dejándose llevar por un sentido de lo real extremadamente particular… Un sentido que, por supuesto, nada tiene que ver con lo realmente real.
Y tiene razón Jenaro Campillo, porque de Jaime Astarloa se dice que es un personaje con la mentalidad de otra época. Se lo dirá Adela de Otero. Y el narrador, en ocasiones al describir al maestro, también deja entrever ese aire como de tiempo suspendido. En definitiva, don Jaime Astarloa pertenece a una época pasada. Pero yo pregunto: ¿a qué época? Porque lo de Jaime Astarloa me parece más bien una idealización de un pasado que nunca existió realmente. Es decir, se me figura como uno de aquellos románticos decimonónicos que idealizaban la Edad Media como vía de escape de la realidad. Pero ¿acaso hubo alguna época en la que la sociedad actuase en general como actúa Jaime Astarloa? De hecho, si el maestro de esgrima desdeña el progreso y es un hombre “de otra época”, ¿no sería partidario del bando conservador y un leal defensor de la reina? ¿No compartiría opiniones con Lucas Rioseco? Y sin embargo, no es así. Astarloa siente total y completa indiferencia hacia el bando conservador-monárquico, y tampoco es defensor del antiguo régimen. El ideal de don Jaime Astarloa está fuera de la realidad y por eso no se encarna en ninguna facción política. Sigue sus propias reglas que, para el mundo real, resultan inocentes. Porque la inocencia de Jaime Astarloa es clave para entender al personaje. Él tiene sus reglas y sus propias leyes de conducta, de acuerdo. Pero para el resto del mundo son inoperantes. Porque ése es el tema real de la novela. No es un conservadores versus progresistas. Porque total, cualquier ideal político, por noble que sea, al final no vale nada si quien lo sostiene se corrompe y se vende. Eso hace que las ideas políticas queden en esta novela, en mi opinión, relativizadas —por mucho que algunas ideas sean mejores que otras—. El tema de la novela me parece, en todo caso, el mantener la honestidad de uno mismo, y el choque que se produce entre un individuo idealista frente al realismo aplastante de la vida. Una sombra quijotesca, sin duda, hay en la novela.

Por si no se nota, me ha gustado mucho el personaje. Y también la novela, claro. No puedo comentar nada del final, salvo que a mí personalmente, al empatizar con el protagonista y ponerme en su piel, me quedó un gusto agridulce. Por un lado, su mundo se desmorona. La realidad es cruel y aplastante, y mira que advirtieron al maestro. ¿Es ser un hombre honrado un idiota? Cuando llegué al capítulo octavo de la novela me hizo sentir una soledad terrible al ponerme en la piel de don Jaime Astarloa. Pero por otro lado… pareciera que Pérez-Reverte sienta piedad de su protagonista, y le hará una concesión dulce. Si la quieren descubrir, lean El maestro de esgrima. Es una buena novela de entretenimiento.
P.D: Sobre la película, está considerada por algunos como la mejor adaptación de una novela de Pérez-Reverte. Pero… me ha sabido a casi nada comparada con la novela.Además hay algún que otro cambio argumental.

Valoración: Notable

Te gustará si te gusta: La historia de España, el siglo XIX, el thriller policiaco, las novelas de pasiones, los protagonistas caballerescos

Fragmentos:
(1) Se le describe de esta guisa:
A sus cuarenta años, soltero, apuesto y —según afirmaban— poseedor de notable fortuna, jugador e impenitente mujeriego, el marqués de los Alumbres era el prototipo del aristócrata calavera en que tan pródiga se mostró la España del XIX.
(2) Así pasaba la vida de don Jaime… hasta que los acontecimientos se cruzaron en su camino
Sin saber exactamente por qué, el maestro de esgrima se sentía derivar hacia la melancolía. Por su carácter, más inclinado a recrearse en el pasado que a considerar el presente, al viejo profesor le gustaba acariciar a solas sus particulares nostalgias; pero esto solía ocurrir sin estridencias, de un modo que no le causaba amargura alguna sino que, por el contrario, lo instalaba en un estado de placentera ensoñación que podría definirse como agridulce. (…) Sobre aquello fiaba Jaime Astarloa para conservar lo que él definía como serenidad: la paz del alma, el único atisbo de sabiduría a que la imperfección humana podía aspirar.
 (3) Por ejemplo, aquí podemos ver a don Jaime Astarloa en mitad de un cuadro costumbrista:
El sol caía vertical, haciendo ondular las imágenes sobre el adoquinado. Un aguador pasó por la calle, voceando su refrescante mercancía. Sentada junto a las cestas de legumbres y frutas, una verdulera resoplaba a la sombra, apartando con gesto mecánico el enjambre de moscas que revoloteaba alrededor. Don Jaime se quitó el sombrero para enjuagarse el sudor con un viejo pañuelo que sacó de la manga. Contempló brevemente el escudo de armas bordado en hilo azul —ya descolorido por el tiempo y los continuos lavados—, sobre la seda gastada por el uso, y continuó su camino calle arriba, con los hombros inclinados bajo el sol implacable. Su sombra era sólo una pequeña mancha oscura bajo sus pies.
(4) ¿No les recuerdan el inicio de estas líneas, nada más empezar el capítulo 5, al famoso inicio de La Regenta?
Madrid se mecía a la siesta, adormecido por los últimos calores del verano. La vida política de la capital discurría sumida en la calma de un septiembre bochornoso, bajo nubes plomizas que filtraban un sofocante torpor estival. La prensa oficialista, entre líneas, daba a entender que los generales desterrados en Canarias seguían tranquilos, desmintiendo que los tentáculos conspiradores se hubieran extendido a la Escuadra, que, a pesar de malintencionados rumores subversivos, se mantenía, como siempre, leal a SU Augusta Majestad. En lo referente al orden público, hacía ya varias semanas que no se registraba en Madrid tumulto alguno, tras el ejemplar escarmiento dado por la autoridad a los cabecillas de las últimas agitaciones populares, que ahora tenían tiempo de sobra para meditar sus desvaríos bajo la poco acogedora sombra del presidio de Ceuta.
(5) Un momento de la novela que me gustó mucho, y que quiero compartir con ustedes, sucede en el capítulo tercero. Se produce cierta tensión entre ambos personajes cuando Adela de Otero le dice que tiene que cambiarse, y don Jaime por un momento siente el deseo de contemplarla, pero no hará tal cosa y se sentirá mal consigo mismo simplemente por haber sentido esa tentación. Eróticamente sutil:
—¿Dónde puedo cambiarme?
Don Jaime creyó descubrir un escondido matiz de provocación en su voz; pero descartó el pensamiento, molesto consigo mismo. Tal vez empezaba  sentirse atraído en exceso por el juego, se dijo, disponiéndose mentalmente a rechazar con el máximo rigor cualquier indicio de senil desvarío por su parte. Con absoluta gravedad le indicó a la joven la puerta de una pequeña habitación apropiada para tal menester, mientras se mostraba repentinamente muy interesado en comprobar la solidez sospechosa de una de las tablas que formaban la tarima del suelo. Cuando ella pasó por su lado camino del vestidor, la miró de soslayo y creyó percibir una tenue sonrisa, obligándole de inmediato a pensar que se trataba tan sólo de la pequeña cicatriz, que tan engañoso gesto imprimía en su boca. Ella entornó la puerta tras de sí, dejándola entreabierta apenas dos pulgadas. Don Jaime tragó saliva, intentando mantener su mente en blanco. La pequeña rendija atraía como un imán su mirada. Mantuvo los ojos clavados en la punta de los zapatos, luchando contra aquel turbio magnetismo. Escuchó crujir de enaguas, y durante un segundo cruzó por su mente la imagen de una piel morena en la cálida penumbra. Alejó de inmediato aquella visión, sintiéndose despreciable.
<<¡Por el amor de Dios! —su pensamiento brotó en forma de súplica, aunque no estaba muy seguro de ante quién la formulaba—. ¡Se trata de una dama!>>

domingo, 1 de enero de 2017

Propósitos para el 2017



No me gusta demasiado hacer propósitos literarios, y cuando los hago son más bien vagos, sin concretarlos demasiado. Porque total, difícilmente los voy a cumplir. De hecho, si recuerdan mi entrada del año pasado, me marqué tres objetivos:

1- Leer obras del teatro romántico español. Cualquiera, les tengo ganas a todas.
2- Leer clásicos de la ciencia-ficción
3- Leer una saga de literatura fantástica, concretamente la Dragonlance.

Bueno, pues sólo he podido cumplir un poco la segunda. Me leí El pueblo, de Zenna Henderson. Pero… me pasó algo con esa lectura. En realidad eran dos obras reunidas en un tomo. Fue un libro que me costó un poco terminarlo, iba haciendo pausas mientras lo leía, y en cada pausa me leía alguna otra novela intercalada. No terminó de engancharme. Sin embargo, no me arrepiento de haberlo leído tampoco. Pero ya le dedicaré una entrada a esta novela en mi blog en este 2017. El caso es que quedé agotado con esta novela, y no pude hacerle hueco a algún otro clásico de la ciencia-ficción.

Respecto a los puntos 1 y 3, sencillamente no encontré momento para ello. Y sí, ya sé que me lo propuse, pero ¿entienden por qué les digo que me cuesta cumplir mis propósitos? Este año 2016 que se nos ha ido ha sido un buen año para mí, e intenso. Y por suerte y por desgracia, no todo gira alrededor de las lecturas. Los quehaceres de la vida nos reclaman, como también otras aficiones, pues no sólo de literatura vive el hombre. Así que, entre que no he tenido mucho tiempo, y que por ende me han apetecido o bien novelas ligeras o bien cortas en su extensión, ni me he puesto a leer la saga de la Dragonlance como tenía previsto ni a leer obras del teatro romántico español.

Pero no crean que ha sido un año estéril de lecturas. Me he estrenado con algunos autores, como Marguerite Duras, Jenn Díaz o Alessandro Baricco, entre otros muchos —pero he citado los primeros que me han venido a la cabeza—. ¿Que qué me han parecido? No es el momento de desvelarlo ahora. Habrá reseñas en este 2017. Volviendo al tema, me he estrenado con autores que no tenía pensado leerme, al menos a corto plazo. Pero los libros son así: algunos se te acumulan durante años por mucho que digas que los vas a priorizar, y otros caen en tus manos sin comerlo ni beberlo por cosas del azar, y a la que te das cuenta ya llevas medio libro leído.

Así que ya ven, al menos en mi caso es un poco absurdo marcarse propósitos ni aunque estos sean difusos y abiertos, y consistan únicamente en leer cualquier obra de cualquier género. Pero como la literatura no es algo serio —y ahí radica su grandeza—, y como “leer no admite imperativos” —me parece que decía Borges, o al menos a él le atribuyen la frase—, tampoco está mal marcarse un propósito literario siempre que te lo tomes como algo orientativo. O sea: que si lo incumplo da igual.
Así que mantendré exactamente el mismo propósito que el año anterior: para este 2017 me gustaría leer una saga fantástica , clásicos de la ciencia ficción y clásicos de nuestro teatro romántico español. Concretando más, mi intención es empezar la saga de la Dragonlance, leerme 1984 de George Orwell —verlo reseñado en el blog de Javi me recordó que era una lectura prioritaria—, y respecto al romanticismo, pues le tengo especial ganas al Don Juan Tenorio de Zorrilla —pero a saber si no me da por alguna otra obra, qué se yo, de Espronceda o García Guitiérrez—. Son tres lecturas que me gustaría hacer este 2017. Pero que lo cumpla es otra historia.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...